ANACRONÍAS/ Diana y Horus: breve espacio de Cuba en Puebla

Cuando hablo de un lugar es porque ya no existe. Cuando hablo de un tiempo es porque ya pasó. Cuando hablo de una persona es porque la deseo… Carlos Fuentes /Terra Nostra

SERAFÍN VÁZQUEZ (PUEBLA). Caminar por las calles de la ciudad siempre es asombroso, uno descubre amigos, amigas, nuevos viejos edificios, mujeres hermosas y bellos lugares coloniales para conversar y beber una cerveza o tomar una copa.

Ese amigo es Diego, la mujer hermosa se llama Diana, y el lugar colonial es Horus & Baco, situado en la 8 Oriente, entre la 4 y la 6 Norte. Una construcción colonial donde antes funcionó la compañía teatral A Trasluz, y donde alguna vez Andrés, Vianney y yo presenciamos Momo, una obra de Michel Ende, el mismo de Historia sin fin.

La amistad con Diego data desde hace más de 20 años; él es una persona leal, sensible, sí, pero en el que siempre prevalece lo racional. Por él conocí a otro amigo común -Andrés Morales- de profesión médico y con especialidad en psiquiatría. Andrés busca hasta en los sueños la explicación lógica a nuestra caótica conducta.

Diana nació en Cuba y su hablar tiene ese acento peculiar de los habitantes de la isla.

Conversar con ella es como escuchar a uno de esos personajes del nuevo cine cubano: la nostalgia por un país que no es, el desencanto por el socialismo. Cuba, un país al que les enseñaron a querer y respetar, pero en el que no ve futuro para su juventud.

Pese a eso, yo le digo que aún tengo esperanza en el socialismo. El capitalismo deslumbra a quienes han vivido bajo un régimen en el que todo se raciona.

“Tanto arroz, tantos huevos”, dice Diana, pero nuestras democracias tampoco son el paraíso, también tienen sus infiernos, y muchos. Entre ellos, los más terribles, la pobreza extrema, la delincuencia y las adicciones.

Al llegar, Diana nos recibe sonriente y con una gran amabilidad. Hago referencia al edificio y pregunto si ahí era A Trasluz, ella responde que es extranjera, pero que aquí se filmó una película con Antonio Banderas y Angelina Jolie. Y que el edificio recrea La Habana Vieja.

Con el consumo de cerveza nos hacemos acreedores a unas sabrosas tostadas, caldo de camarón y un pescado frito.

Más tarde llegará Miguel, el cantante, cuya interpretación de El unicornio azul me recordó a José Luis, mi hermano muerto.

También atiende otro ilustre personaje, Ulises, quien nos pregunta si ya “trae las otras”.

Yo quisiera preguntarle por Circe, por Penélope, por su paso por el mar y gritar que envidio que él sí haya escuchado el canto de las sirenas. Pero desisto, no vaya a ser que Diana no sea Diana, sino Circe y esté preparando algún brebaje para hechizarnos y convertirnos en no sé qué.

Diana regresa y habla de sus padres en Cuba, de las playas, de sus planes de enseñar a bailar salsa, de conseguir la nacionalidad mexicana, pero aclarando su gran amor por su isla, por su país, por su patria.

El tiempo avanza, pagamos la cuenta y prometemos regresar otra ocasión a ese breve espacio de Cuba en Puebla.

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