Lunes , 25 Septiembre 2017

Las fugas del Capitán Fantasma

>> Torpe para delinquir, pero muy hábil para fugarse

>> Disfrazado de mujer, de militar, oculto en un ropero, escalando muros

>> Enamoró a su celador, pero ya libre no le cumplió

José Sánchez López

Ciudad de México, 16 de julio (entresemana.mx).- Su torpeza para delinquir, contrastaba totalmente con su ingenio, malicia y habilidad para planear sus fugas que lo convirtieron en una leyenda del hampa. Su nombre fue casi desconocido, en cambio su apodo: “El Capitán Fantasma” representó una verdadera pesadilla para sus carceleros. Más de una docena perdieron su puesto, entre ellos algunos directivos, que incluso fueron a hacerle compañía vistiendo el traje a rayas.

 

Un excelente e inmejorable trabajo de David García Salinas y Enrique Metinides (texto y material gráfico), dos de aquellos grandes reporteros de la fuente policíaca de la época de los cincuentas, plasma la catadura de uno de los maleantes más famosos de aquél entonces, tanto por su torpeza para delinquir, las más de las veces con saña innecesaria, como por su ingenio y osadía para fugarse de las prisiones a las que lo enviaban; se estima que al menos se fugó una decena de veces, lo mismo de cárceles estatales y municipales, que del mismo Palacio Negro de Lecumberri.

 

Se trata de Santiago Reyes Quesada, conocido en el mundo del hampa como “El Capitán Fantasma”, con un récord de fugas de distintas prisiones, de las que logró evadirse vestido de mujer, de militar, escondido en muebles que él mismo fabricaba, escalando muros, metido en la cisterna de un carro de bomberos y hasta en el auto de un ex gobernador, a cuyo guardaespaldas sobornó.

 

Santiago, güero, de ojos azules, flacucho, originario de Los Ángeles, California, hijo del carpintero Luis Reyes y de María Quezada, dedicada al hogar, se le conocía como “El Jimmy” y hablaba perfectamente el inglés.

 

Desde su adolescencia se dedicó a cometer pequeños robos y a la edad de 15 años, fue detenido en Tampico, Tamaulipas, en 1938, por robar accesorios de automóvil y llevado al Tribunal Para Menores Infractores, en Tamaulipas.

 

Los primeros pasos en la carpintería los aprendió de su padre y durante los sesenta días que permaneció cautivo, perfeccionó el oficio y aprendió la ebanistería, cuyos trabajos le permitirían a futuro escapar en varias ocasiones.

 

Esa fue la única condena que cumplió “de punta a cola”, según el argot “canero” (carcelario).

 

Al abandonar el Tribunal juró no volver a dejarse atrapar, pero poco después fue capturado junto con tres amigos por asaltar un comercio y se le llevó de regreso al tribunal, a una celda especial para reincidentes.

 

En octubre de ese año, “El Jimmy” y “El Rizos”, un amigo que conoció en el Tribunal tamaulipeco, se colaron por angostos y fríos pasillos. Rompieron los cristales de uno de los juzgados y huyeron.

 

Fue su primera escapatoria y se vino al Distrito Federal, para radicar en la colonia Morelos, en el populoso barrio de Tepito.

 

Su trato con contrabandistas, comerciantes, compradores de objetos robados y gente de baja estofa, reforzaron su inclinación por el dinero fácil. Se aficionó al juego de la baraja, al dominó y al billar, donde trabó amistad con ex presidiarios y se convirtió en atracador (asaltante a mano armada), provisto con un cuchillo y una pequeña pistola.

 

Pero aún seguía siendo “El Jimmy”.

 

Tan sólo en poco más de un año, pasó de atracador a experto “cristalero”, “chicharrero”, “zorrero”, “cirujano”, “espadero”, “chorlero” y aprendió muchos otros artegios más del mundo delincuencial, hasta que en marzo de 1939 fue detenido y llevado a la Jefatura de Policía, ubicada entonces atrás del edificio de la Lotería Nacional.

 

Se le trasladó al Tribunal para Menores del DF, por aquel entonces se hallaba en Serapio Rendón, colonia San Rafael, de donde el domingo 29 de marzo, Santiago se confundió entre los visitantes y escapó junto con otro interno.

 

Días después lo recapturaron en la calle Panaderos, en Tepito y lo llevaron a Lecumberri, donde enamoró a un celador homosexual al que prometió hacer vida con él, una vez que estuviera libre.

 

Un mes después, el vigilante logró esconderlo entre montones de basura y pudo escapar, sin embargo no le cumplió a su enamorado y se fue a Tampico, donde alardeó ante sus amigos de sus escapatorias y aseguró que no había cárcel que lo retuviera.

 

Durante varios años, Santiago sostuvo febril actividad como asaltante en Tijuana, Tampico, Monterrey, Torreón, Zacatecas y San Luis Potosí, hasta que en 1945 fue detenido en Tamaulipas y confinado en el penal estatal.

 

Entabló amistad con varios celadores, a los que explicó que no tenía dinero, pero les revelaría su guarida, donde tenía collares, anillos, pulseras y otras alhajas producto de sus raterías y se quedarían con todo si lo ayudaban a escapar.

 

Les dio la dirección de donde tenía el botín (en Tepito) y en plena Navidad de ese mismo año, cuando todos los presos ya estaban en sus celdas, sin prisas, tranquilo y hasta en medio de buenos deseos de los celadores, Santiago salió por la puerta principal.

 

No había concluido el año, cuando en Morelia, Michoacán, entró a robar a un comercio donde acribilló a tiros a la propietaria. Escapó hacia Jalisco pero fue identificado y recluido en el penal de Oblatos, donde ofreció dinero a tres custodios que no sólo lo dejaron escapar, sino que lo acompañaron en su evasión.

 

Santiago volvió al Distrito Federal y durante uno de sus asaltos se apoderó de un kepi (gorra militar) y al ponérsela se transformó por completo.

 

Se sintió militar y compró varios uniformes de capitán del Ejército, con sus tres relucientes barras. Se hizo de una credencial falsa y de una pistola calibre .38, pavonada, con cachas negras y se dedicó a ensayar el paso marcial de los mílites.

 

La rigidez de su rostro, lo áspero de su trato, la voz fuerte y de mando, y su mismo porte, le sirvieron para salir a la calle lo mismo para conquistar ingenuas muchachas que para sorprender y engañar a gendarmes con la credencial que estaba a nombre del capitán Roberto López Hernández y mandó a hacer unas placas con el escudo de la Secretaría de la Defensa Nacional.

 

Se aparecía sorpresivamente a policías que andaban en pequeños grupos y, como capitán, les ordenaba montar vigilancia en casas de funcionarios y una vez con los informes que los mismos gendarmes le proporcionaban, las robaba.

 

Para los delincuentes que lo conocían, era ya “El Capitán Fantasma”, tanto por sus fechorías como por sus fugas.

 

En Tepito conoció a José Inés Nieto Herrejón, “El Gato”; con quien se puso de acuerdo para robar la joyería Marilux, de avenida 16 de Septiembre, en pleno centro de la Ciudad de México.

 

En 1948 fue atrapado y al ser identificado como “El Capitán Fantasma” y llevado a los separos de la sexta delegación, en Victoria y Revillagigedo, él mismo aclaró que era civil, lo que le salvó la vida porque había órdenes de matarlo si en realidad resultaba militar, ya que desprestigiaba al Ejército.

 

Para impresionar a los jueces se cortó superficialmente los brazos en un “intento de suicidio”, pero el 11 de septiembre lo mandaron a Lecumberri, donde dijo ser católico, de 25 años, mecánico, con tercero de secundaria y domicilio provisional en Regina 91, en el Primer Cuadro de la Ciudad de México.

 

En la ciudad capital, había acumulado en su contra tres procesos penales y al mismo tiempo lo reclamaban en Jalisco, Tamaulipas, Aguascalientes, Michoacán, Zacatecas, Nuevo León, San Luis Potosí, Guanajuato, Oaxaca, Coahuila, Estado de México y Tijuana, Baja California.

 

Meses después sobornó a los custodios y logró que le dieran un overol,  con el que se hizo pasar como “Comisionado en la Dirección” lo que le permitió esconderse en un camión que había llevado muebles y volvió a escapar, refugiándose otra vez en Tepito.

 

No tardó en ser recapturado por el Servicio Secreto y regresó a Lecumberri. Se fingió enfermo y lo llevaron al Hospital Juárez, de donde se volvió a fugar en un “descuido” de sus vigilantes. Se escondió en Mineros 44, casi esquina con Ferrocarril de Cintura, nuevamente en la colonia Morelos.

 

En un enfrentamiento con la policía en el que resultó herido en las piernas, fue atendido inicialmente en la Cruz Roja y cuando lo trasladaban al Hospital Juárez fue reaprehendido otra vez por el Servicio Secreto y de nueva cuenta paró en el Palacio Negro el 12 de febrero de 1951.

 

Se le impuso una vigilancia especial, pero a pesar de ello el 21 de noviembre de 1952 se volvió a fugar limando los barrotes del Juzgado Tercero Penal, donde era procesado y siguió con su carrera delincuencial en Coahuila, Nuevo León y San Luis Potosí.

 

Su enésima captura ocurrió en Tamaulipas, donde por instrucciones del gobernador Horacio Terán, fue encerrado en la cárcel de Andonegui con indicaciones precisas de “evitar otra nueva y vergonzosa fuga” de quien ya era buscado en ocho estados y se había evadido de igual número de prisiones.

 

El mote de “Capitán Fantasma” cobraba fuerza cada día más, ya que si bien lo agarraban fácilmente, “El Capi” volvía a escapar con mayor facilidad.

 

En septiembre de 1956, Santiago fue obligado a hacer “una cantinita” por órdenes del gobernador Terán, quien la pidió de 1.40 metros de altura por 1.50 metros de largo. Cuando la transportaban a la casa de gobierno, salió de un compartimento “El Capitán Fantasma”, que huyó hacia Guanajuato.

 

Para evitar burlas, se dijo oficialmente que había escapado en un baúl de doble fondo.

 

Volvió a las andadas y el 18 de julio de 1959, en otro enfrentamiento, resultó herido y se le detuvo. Se negó a comer hasta enfermar por lo que fue enviado al Hospital Civil de donde se fugó el 23 de agosto de ese año, pero fue recapturado en menos de dos meses.

 

El 4 de noviembre de 1959, ya con 34 años a cuestas, “El Capitán Fantasma” llegó al penal de Nuevo León, que contaba con un moderno sistema de alarma y cables de alta tensión. En la torre principal y las garitas los guardias tenían ametralladoras y binoculares.

 

Hubo apuestas que esa vez “El Capitán Fantasma” no se fugaría.

 

Pasaron casi tres años y parecía que esa vez no lo lograría, pero el 28 de agosto de 1962 volvió a escapar oculto en un mueble que él había fabricado. Se escondió en un escritorio de doble fondo y cuando el señor Baltazar Cardona, que era transportista, llegó por los muebles hechos en la cárcel, sin saber ayudó a Santiago a volver a escapar.

 

En Puebla, saqueó la residencia del gobernador Aarón Merino Fernández, pero éste no presentó la denuncia por temor a las críticas, ya que el botín fue calculado en 2 y medio millones de pesos en 1964, cifra injustificable para el gobernante.

 

El 22 de noviembre de 1965, Santiago fue detenido en Puebla, entre las calles 7 y 9 Norte. Tripulaba un auto robado y llevaba más de 300 mil pesos en joyas, pero nada de dinero.

 

Fue llevado a la cárcel de San Juan de Dios y en 1968, Santiago mató al interno Evodio Castillo a puñaladas y trató de fugarse mediante una escalera, pero esa vez no pudo.

 

El monto total de sus condenas ya sumaban más de 62 años de cárcel y aún tenía pendientes algunos procesos y al perder amparos interpuestos en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, luego de cinco años y seis meses de prisión, fue enviado a la Penitenciaría del Estado.

 

En 1971 ingresó a la Penitenciaría de Puebla, donde pasó más tiempo preso: 11 años.

 

Casi ciego, con tuberculosis, úlcera, diabetes, problemas con la próstata y los pulmones, fue llevado al Hospital Escuela Universitario el 4 de noviembre de 1981 donde ocupó la cama número 45.

 

Pese a tan delicado estado de salud, el 2 de enero se levantó de lo que ya casi se consideraba su lecho de muerte y se descolgó por un muro, con apoyo de una cuerda de 10 metros de longitud, sólo que faltaban otros tres metros para llegar al suelo y al brincar, se volvió a abrir las heridas de las piernas que años atrás le hirieron a tiros.

 

Aún así, se arrastró hasta un basurero y se escondió entre los escombros.

 

Cono fuera, había escapado nuevamente, sólo que perdió el conocimiento y tuvieron que pasar casi dos días para que unos jóvenes lo encontraran. Dieron aviso a la policía y Santiago, después de 48 horas de haber escapado, volvió a ocupar la cama 45.

 

Pero su estado se agravó y ya no pudo recuperarse, hasta que el 13 de febrero de 1982 protagonizó su última fuga, pero esta vez acompañado de la parca.

 

Había muerto y escapado sin haber cumplido siquiera con la tercera parte de su condena total.

joebotlle@gmail.com

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