Travesía 199/ Morir para vivir/Mónica Espín Iturbe

Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 17 de octubre (entresemana.mx).- Morir para vivir es un libro que habla del cáncer de mama desde el testimonio conmovedor de la autora, quien padeció la incertidumbre del futuro y de la enfermedad en diciembre de 2012.

En su texto, Mónica rechaza el lamento, la lástima y el sentimiento de culpa: nada que ver el karma ni el destino ni la melancolía. Nada que ver que digan que uno se lo buscó.

…era cáncer y punto. No busqué un por qué ni un para qué… ¿Qué sentido tenía desgastarme en buscar motivos?

A Mónica Espín (Morelos, 1974) licenciada en Comunicación por la UDLAP, le fue detectado un tumor canceroso en el seno izquierdo, por lo que la glándula mamaria tuvo que serle extirpada.

Debido a su detección oportuna, no fueron necesarias ni la quimio ni la radioterapia, aunque sí otro tratamiento con medicamentos. Producto de esta experiencia es su libro, donde reflexiona: curiosamente, cuando creí que iba a morir, empecé a vivir.

Para ella el cáncer trajo consigo un cambio radical en su vida, pues ante el cáncer y la posibilidad de morir, metafóricamente se dio cuenta que estaba muerta en vida, pues reconoció que no era feliz, que su vida la había dedicado a todo y todos, menos a ella:

La vida me confrontaba de madrazo, recordándome que vivir no debe ser tomado a la ligera…

Comprendiendo que luchaba por sueños ajenos y que no había dinero que me tranquilizara…

Es increíble: toda la vida luché por mayor comodidad y nunca estuve cómoda…

¿Cómo voy a morir si ni siquiera he vivido la vida que yo deseo?, se cuestionó. Entonces a la par que enfrentaba el cáncer, también decidió enfrentar a la vida y realizar cambios. Uno de los más radicales fue divorciarse.

El cáncer a mí me dio la oportunidad de vivir la vida que yo quería, relata. Si iba a morir, antes tendría que vivir una vida que me hiciera feliz.

Y concluye, si quieres ser feliz, lucha por ello. Nada llega solo, incluso la muerte necesita de años para lograrlo, de enfermedades de accidentes.

Finalmente, aunque Morir… no es un manual de autoexploración, sí invita a hombres y mujeres a su práctica cotidiana para una detección oportuna. Es cierto que el cáncer no lo podemos prevenir -escribe Mónica-  pero si podemos detectarlo en etapas tempranas, las probabilidades de erradicación y sobrevivencia aumentan.

Morir para vivir (fragmentos)

Efectivamente, al escuchar el dictamen, me fragmenté en pedazos, sumergida en un abismo y al mismo tiempo puesta en la explanada solitaria. No sabía si el alma se me hundía o estallaba queriendo escapar; no sabía si vomitar o soltar el llanto, si contenerme y preguntar, o derrumbarme para ser consolada. Fueron minutos que marcaban algo, pero no sé qué. Fue ponerle pausa al mundo y toparme con la finitud de la existencia, donde el segundero de aquel enorme reloj del consultorio ya no pudo moverse.

Escuché decir “cáncer de mama” y me sentí vencida, pero nunca derrotada. La vida me confrontaba de madrazo, recordándome que vivir no debe ser tomado a la ligera. En un segundo era como si todos los bienes se volvieran arena. ¿En dónde la casa, el auto, el armario más amplio para la ropa del marido y el viaje en el cual ya no era incluida? Se materializaban en mis manos para disolverse en el “hubiera”. Comprendiendo que luchaba por sueños ajenos y que no había dinero que me tranquilizara, sólo deseaba llorar mi pérdida.

Es increíble: toda la vida luché por mayor comodidad y nunca estuve cómoda; luché por un patrimonio para mis hijos, por ser aceptada y vino el cáncer tan sutilmente a enseñarme la fragilidad humana. Fue el momento en el que conocí el valor de la salud, la belleza del perdón y la libertad del amor.

Dolía la vida que se iba y la vida que se había ido. No sé si caí de rodillas o si toqué mi esencia ante un golpe de humildad, doliéndome la idea de no ver más las hojas de los árboles moverse y sentir el aire frío del amanecer en mi rostro…

En ese momento me sentí desahuciada, aunque era un diagnóstico que iba por mi cuenta, porque el doctor nunca lo había mencionado…

 

Mucho del sufrimiento en el paciente es por la angustia respecto el futuro: “¿Y si me muero, si no llego, si se me cae el cabello…? y ¿qué va a pasar cuando me quiten el seno? ¿Y los efectos de la quimioterapia…, si la radioterapia…. si el medicamento…. si recaigo?” Entonces aprendí a no preguntar sobre el futuro y a recibir los trancazos como se fueran presentando. Total, no iba a poder evitarlo y debía enfrentarlo. Entonces ¿para qué abrumarme más? ¿Acaso no era suficiente ya con saber que sí tenía cáncer?…

Al caer la noche, en el vacío de mi alcoba, mí entonces esposo no captaba lo que yo sentía, mi deseo de refugiarme en un abrazo que jamás llegaría; de escuchar que todo estaría bien. Me coloqué en posición fetal en el vientre de la vida, sumergida en mi propio abrazo, y allí, justo en ese momento, resurgí.

Ahora comprendo que mi entonces esposo también tenía sus miedos, desconocía lo que la vida le deparaba: tendría que ser padre de dos adolescentes cuando él deseaba que lo cuidaran; y yo sin saber que pronto ya tendría yo relevo. Y estando él presente, la soledad era más grande.

No es que el cáncer me ayudara, sólo quiso arrebatar la vida que yo no valoraba…

Tener cáncer no es motivo para que nos tengan lástima: en mí, tan sólo era una situación vulnerable que debía atravesar. Realmente ni yo, ni los millones de personas que padecen cáncer somos frágiles, sólo que no conocíamos la magnitud de la fortaleza humana. Creo que siempre tendemos a ver las cosas de la peor manera, pero uno decide si la vida es trágica o no: todo depende de la visión que canalice tu existir.

Y mi visión, por primera vez, fue clara. Total, sólo era cáncer, una parte de mi vida: si había podido con mi frustración ¿con qué no podría…? Estaba viva, y al saberme limitada empecé resurgir, a encontrarme con mi identidad, atravesando pasajes de aparente locura en la firma de un divorcio que me liberaba, impulsada por la fuerza de la sensualidad que salía del fondo del océano, donde el seno transformado era parte de un todo, y no el todo.

¿Te has cuestionado alguna vez qué deseas hacer con tu vida?, ¿el cómo deseas vivirla y qué estás haciendo para conseguirlo?

Nada llega por sí solo, incluso la muerte necesita de los años, de alguna enfermedad o un accidente. Si quieres ser feliz, lucha por ello: debemos valoramos y no esperar a que otros hagan algo por nosotros.

Mientras estemos vivos, hay oportunidad de cambios.

Pude haber llegado a la vejez muriendo lentamente, así que agradecí el saberme mortal teniendo promesa de vida. Sé que puedo morir de mil formas, así que el cáncer no me intimidaba; sólo lo tomé como una bofetada para reaccionar a la vida. Realmente el cáncer fue una desagradable sorpresa, un regalo indeseado que duele, un momento de pausa donde encontré el dulce sabor a libertad, a vida, a cambios, crecimiento, pasión, locura…

Veo que la mayoría de las mujeres no se explora, pero se sorprende al saberse enferma, como si fuera inmune. O simplemente no lo hace porque no sabe el porqué: tal parece que vivieran en la misma depresión maquillada de sonrisa, en esa monotonía llamada rutina…

Mi miedo a la muerte era por no saber vivir, por irme cuando ni siquiera había podido llegar, por no hacerme responsable de mi existencia. Mi única vida se me iba, porque si hay otras, no las recuerdo.

También vi el cáncer como una larga despedida, porque por triste que fuera tenía tiempo para vivir. No sabía cuánto tiempo, pero nunca lo he sabido. Concluí que si el cáncer me estaba robando la vida, no me iba robar la forma de vivir mi tiempo.

Creo que la Muerte es luz, vida que acompaña en el desprender, cuando el cuerpo no da para más.

HASTA PRONTO

Cuando muera, no olvides quien fui,

no conviertas mi trayecto en momentos de agonía,

mi final en tragedia de tu vida.

 

Soy más que el momento que culmina,

Más que el cuerpo flagelado y la enfermedad que lo consume:

soy la libertad que espera para emprender un nuevo vuelo.

 

Si vas a recordarme, que sea por los pasos dados,

por la sonrisa y el llanto, por el trotar y el descanso,

por mi conciencia obsesiva y mi locura armoniosa.

 

Si no, olvídame: no estaría mi recuerdo, sino tu dolor.

 

No soy circo, no soy drama:

seré quien se adelante,

quien espere tu llegada.

 

Soy quien sufre, soy quien ama, intensidad andando y pasión que se desborda.

Que mi muerte sea un desvanecerse físico, y un alma liberada.

 

Morir para vivir

Mónica Espín Iturbe

Edición del autor, Puebla, 2017

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