INFLEXIONES DESDE EL INSOMNIO/ Después de misa

JOSÉ MARÍA ARELLANO MORA. Las obligaciones respetadas para tener derechos. “Primero la devoción y después la diversión”.

En los sesentas, con la mesada que nos daba papá, para un chavo, pues bien alcanzaba, aunque siempre hubo golosinas o juguetes inalcanzables.

Cuando íbamos a misa, los domingos, en la Parroquia del Espíritu Santo, en la colonia Santa María la Ribera. Al salir, en un puesto vendían juguetes de a un pesito.

Ahí, mi hermano mayor, compró un laberinto de plástico, con una gota de mercurio; años después desaparecieron por tóxicos; la gota de mercurio fue reemplazada por un balín. La bomba, en la punta, se colocaba un fulminante de pólvora para juguetes; al dejarlo caer, a cierta altura, detonaba al hacer contacto con el piso. Los consabidos juegos de mesa: La Oca, El Coyote, Serpientes y escaleras, en paquete con sus respectivos dados.

Tantos juguetes adquiridos, gracias al ahorro de los 20 centavos por cada día de la semana escolar –de lunes a viernes-, comprábamos esos juguetes de un peso.

A falta de televisión, jugábamos horas con los juegos de mesa, en eso nos distraíamos antes de la merienda para después dormir.

Dejamos de ir a misa a la colonia Santa María la Ribera, posteriormente asistimos a las iglesias de los Ángeles y Santiago Tlatelolco.

Estando en Tlatelolco, la diversión corría a cuenta de los juegos infantiles y los espacios de la Unidad, por igual, los cuadros de convivencia vecinal.

Los días de misa, fueron menos frecuentes, por compromisos, actividades familiares y por creencias particulares.

En esos años, la culminación de cada misa, era tan esperado para correr al puesto de juguetes y divertirse… Total, a fin de cuentas, chamacos.

Esto pasa en el mundo, en la Ciudad de México y también en Tlatelolco.

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