LA COSTUMBRE DEL PODER: Política, crimen y fe

 

*Mal asunto dejar las decisiones de seguridad del Estado sujetas a las necesidades de la salvación del alma

GREGORIO ORTEGA MOLINA. Me hice cruces desde diciembre de 2006 porque necesitaba saber por qué Felipe Calderón Hinojosa declaró, de manera unilateral, la guerra al narco. 11 años después, debido a una evocación fortuita de las advertencias de mi madre, a mi permanente estudio del cristianismo y de los ensayos de Michel de Montaigne, caigo en cuenta de la íntima razón que movió al entonces presidente de la República a justificar su crimen político y purificar al país en sangre.

Cuando mi madre se enteró del triunfo electoral de Vicente Fox Quesada me lo advirtió con toda claridad: “Se acabó el ejercicio del poder, la conciencia del católico le impedirá cumplir con su responsabilidad constitucional, con su deber de jefe de Estado”.

Obvio, pronto lo olvidé. He de aclarar que mi madre fue esposa de un enorme periodista, columnista político y reportero. Debí atesorar su opinión y tenerla presente.

Después y durante el constante esfuerzo por comprender el poder moral del gobierno eclesiástico sobre el de las armas, recupero mi catequesis y con ella el aprendizaje de memoria de los diez mandamientos enseñado -en las primarias confesionales-; el 5° de esa norma de conducta es claro: ¡no matarás!, pero resulta que siglos después la Iglesia creó su ley reglamentaria, para decirnos que es lícito matar en una “guerra justa”. ¿Y qué la determina?

Supongo que Felipe Calderón Hinojosa, como católico antes que como presidente de México, buscó una solución ética y moral a un conflicto entre su fe íntima, personal, y su mandato constitucional. Encontró la palabra adecuada para hacer lo que fue su obligación como jefe de Estado: GUERRA.

Imposible para mí conocer si recibió ayuda divina, si llegó a esa decisión apoyado en el silencio o reconfortado por el auxilio intelectual y de fe de un obispo, de un confesor, de un guía espiritual. Lo que sí aseguro es que asumió, en soledad, esa responsabilidad.

¿Es válido conservar esta estrategia de política y crimen, vistos los resultados, o es necesario modificarla?

Felipe Calderón Hinojosa hizo de todo para curarse en salud y purificar su alma de tanta muerte causada por su decisión. Vistió y también vistió a su hijo con la casaca militar, honró sin medida a las Fuerzas Armadas, pero tuvo buen cuidado de mantener cerrado el paso a la legalidad de su actuación política, porque lo que hacen militares y marinos no es una tarea policiaca, sino una función política para preservar, en la medida de lo posible, el Estado de Derecho.

También desconozco si Calderón Hinojosa leyó El lado oscuro de Dios, donde Isabel Cabrera siembre esta inquietud: “Al reglamentar la vida del hombre, Dios también queda sujeto a normas y cabe esperar de Él cierta conducta. El dios de la alianza, el dios legal y equitativo, respaldado por la tradición, está obligado a recompensar al justo por una necesidad intrínseca del concepto de Ley.

… Es terrible pensar que estamos en manos de un dios injusto, pero menos terrible es acusar al hombre por salvar a Dios”.

Si así fue, mal asunto dejar las decisiones acerca de la seguridad interna del Estado, sujetas a las necesidades de la salvación del alma.

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