TRAVESÍA 206/ Remedios

Yo te buscaba y llegaste,

y has refrescado mi alma que ardía de ausencia

Safo

Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 22 de enero (entresemana.mx).- Por fin he podido conocer a Remedios. Casi nadie sabe que también habitó por un tiempo en la Ciudad de Puebla de Los Ángeles. El encuentro ha sido posible gracias a una inoportuna llamada telefónica y al ambiente parisino y lluvioso de la ciudad. En ese momento Remedios se bañaba, y molesta contestó: ése es el acuerdo, ¿no?

Desde el 30 de junio no ha dejado de llover y el ambiente poblano es triste, nostálgico. Propicio para aquellos seres que sueñan con detener el tiempo. Para quienes creen amar la noche porque ella no los rechaza, los cobija y siempre los recibe maternal y curiosa.

Puebla húmeda y lluviosa, con pequeños ríos que semejan el Sena. Puebla húmeda y lluviosa, que parece rejuvenecer los rostros de hombres y mujeres que deambulan por las calles de una ciudad colonial resquebrajada por el paso de los siglos y por el sismo.

Pero el tiempo se detiene y el amanecer queda suspendido en esa atmósfera gris, tibia y nublada que puede ser la de una Puebla de un día 27 de mayo, un miércoles 4 de junio o un viernes 2 de julio de un año cualquiera de este siglo.

 

II

 

Mi padre, como Remedios, también llegó de España. Pero él siempre se negó a recordar esa historia. Cuando mi abuelo murió derrotado por el cáncer, dijo: con él también muere España. Y nunca más quiso hablar de la España Republicana ni de Franco. Mi padre fue capaz de sobreponerse a la lejanía de la tierra.

A los 16 años, decía, uno es capaz de volver amar otras mujeres y otras tierras. De volver encontrar en un beso y en la geografía de un cuerpo, la patria. De que una mullida cama y unos ojos nos devuelvan el firmamento y las estrellas, el cielo de la infancia. Ama, ama, una y mil veces, y en el rostro de una mujer siempre encontrarás tu casa.

Sólo el cáncer, el maldito cáncer, el cruel cáncer, el inhumano cáncer, el puto cáncer, fue capaz de apagar su voz, pero no su ánimo. Y decíamos salud con una copa de jerez o un vaso de pulque, y nos alegrábamos de estar juntos. Y después de tres copas, agazapada, nos acechaba la nostalgia. Entonces nos abrazábamos y llorábamos con una canción de Lucha Reyes:

 

En la tierra mexicana nos morimos entonando una canción.

Los rebozos son cananas y las balas y el rugido del cañón

son el clarín que tocará el Himno de la libertad…

En la raya la primera, yo me juego el corazón

Si me echan un lazo, respondo a balazos

¡Ayyyyy! yo me muero donde quera…

 

 

Y se murió.

Sé que también algún día me alcanzará la muerte. Tarde o temprano el cáncer ha de tomar mi vida. He ganado una batalla, nunca ganaré la guerra. Doce puntos negros tatuados en el cuerpo me recuerdan lo fugaz de la existencia. Quizás por eso me atreví a llamarla a las tres de la mañana. Sólo tenía una vida y ella pareció entenderlo.

Días antes de que mi padre muriera, hubo en el Museo de Arte Moderno una exposición de Remedios. Pude extasiarme con su pintura, tan diferente a la de Frida, pero semejante en su intención de reflejar la soledad, los sueños… el vacío.

El domingo siguiente, cuando le platicaba a mi padre del cuadro La despedida -donde un hombre y una mujer toman caminos diferentes, pero sus sombras se juntan, se besan y se toman de las manos- mi padre dijo que la conocía, que nunca habían sido amigos, pero que se habían conocido en España.

Pensé que hablaba del cuadro, y le pregunté si acaso también conocía Papilla Interestelar. Conocí a Remedios, tu pintora, me dijo.

Entonces me contó en detalle su llegada a México en 1939, cuando tenía escasos 17 años. La mala fortuna del abuelo. Sus pérdidas económicas. La muerte de la abuela. El peregrinar de Veracruz al Distrito Federal, a Puebla, a Jalapa y luego nuevamente a Puebla.

Cómo conoció a Dolores en un municipio poblano: Tepeyahualco. Dolores, la mujer que le devolvió su mundo, que lo hizo soñar, que le prometió amarlo y acompañarlo hasta la muerte. Dolores amorosa, tierna, leal. Dolores, mi madre. Su huida de Tepeyahualco, junto con ella.

Luego dijo: ¿sabías que Remedios me regaló unos cuadros?

Lo miré incrédulo y emocionado.

Buscando trabajo en la Colonia Roma, un día lluvioso de septiembre de 1963 nos encontramos. Ella hermosa, como siempre, joven, elegante, fina. No la reconocí al instante, ella sí. Tú eres Andrés, el de Barcelona. ¿Y tu padre? ¿Cómo está? Pero mira la facha que tienes. ¡Caramba¡

Mi padre le contó que mi abuelo ya había muerto. Y que andaba en busca de trabajo. Remedios dijo que no tenía dinero, que era algo que siempre escaseaba. Que era pintora y que si pasaba un día a la casa, le podría dar algunos cuadros para que los comerciara.

Se resistió algunas semanas, pero al final, la renta, el hambre y otras deudas lo obligaron a ir. Recordó una casa grande llena de plantas y flores, y en la sala un retrato de ella abrazando un gato.

Le intrigó un cuadro, el de la luna enjaulada como un pájaro herido al que hay que alimentar a cucharadas. Vaya cosas que se le ocurrían a esa niña flaca de mi infancia, me dijo que pensó en ese entonces.

Y yo pensé en ese instante que la vida siempre nos hacía regresar a los mismos lugares, a las mismas situaciones, a la misma mujer que amamos alguna vez. Que la historia, que nuestra historia, siempre se repetía inevitablemente, que la vida era una extraña sucesión de grandes y pequeños círculos, que tarde que temprano nos volveríamos a encontrar. Que nada podíamos hacer por evitar que el destino se cumpliera una y otra vez, pero no de manera fatal como en la tragedia griega, sino de una forma nueva, cada vez diferente.

 

Si en el pasado tu amor sólo fue una posibilidad,

en el presente era una certeza;

si ayer duró un instante,

hoy sería eterno.

Si alguna vez nos separamos,

hoy nadie moriría.

Si fuimos infelices,

esta vez brillaría el Sol.

 

 

Los ojos de mi padre habían visto el cuadro por primera vez en 1963, y tres décadas después lo habían vuelto a contemplar a través de mis ojos, pese a que estaba muriendo y no podía moverse de su cama. Él había regresado al lugar donde 30 años más joven le había intrigado la imagen de la luna presa.

 

III

 

Constelación, Desamparo, El amor, El peso del tiempo y un retrato, sin título, que ella insistió en hacerle, fueron los lienzos. Dice que nunca quiso venderlos porque eran un invisible lazo de unión con España. Él no sabía de arte ni de estilos, pero los conservó porque Remedios representaba un recuerdo de su niñez en Barcelona. De un sol y un aire distintos, de cuando no se tiene conciencia crítica y se quiere por igual a todos los seres humanos, decía nostálgico. Luego se aprende a odiar, algún día alguien te dirá que es un odio de clase, pero después ya nada es igual. No quise odiar a nadie y lo mejor fue olvidar España. Olvidarla para siempre. Y a veces mirar esos cuadros que nunca compartí con nadie, ni con tu madre.

En la parte baja del librero, envueltos en papel de estraza estaban los óleos.

Desamparo es tal vez el cuadro más variano, con tonalidades oscuras, pero lleno de colores y un todo que lo integran varias figuras. Un pájaro, una silueta de mujer desnuda, un torso femenino sin rostro, y un niño que mira con desamparo hacia el exterior. Un niño.

El amor también parece ser de ella. En él aparecen los rostros fragmentados de un hombre y una mujer. Al centro del cuadro está la muerte. Sobre ella, las siluetas de una pareja. El cuadro es una serie de caras sobrepuestas. Quitamos la del hombre y aparece la mujer, quitamos ésta y entonces al fondo está la muerte. Los colores son más fríos y está inacabado.

El peso del tiempo es un cuadro en el que se ven sucesivamente las etapas del hombre: anciano, adulto y niño. Un tono azulado nos permite identificar fácilmente la intención.

Constelación, un lienzo muy oscuro, no parece ser de ella: son dos manos que crean el universo.

Por último, el autorretrato muestra a mi padre a la manera expresionista. Con una actitud alejada y mirando un futuro sombrío.

Ése no soy yo, dice que le dijo. No, no eres tú, es tu desesperanza, contestó Remedios.

 

IV

 

No reconozco tu voz, le dije, de verdad eres tú.

Soy yo, y sonreía tierna y curiosa, sorprendida por las palabras. Sorprendida por esa declaración de amor, sólo decía:

yo te buscaba y llegaste, y has refrescado mi alma que ardía de ausencia.

Eran las tres de la mañana.

Varias copas de vino tinto, un poco de vodka, una sola canción de Edith Piaf –La vie rose– y la soledad me hicieron salir al parque a esas oscuras horas y llorar frente a la luna. Sólo era un hombre desamparado que buscaba tus caricias, tus palabras, tus ojos-gato. Tu nariz de oropéndola.

Esa noche la soledad me fue sitiando, se metió en todos los cuartos y en la cama. En las hojas del libro que leía, en el rojo color del vino que bebí, en la voz triste de Edith Piaff y La vida en rosa, la soledad quería quitarme la vida y me sentí desamparado. Corrí, corrí. Abrí una a una las puertas y me encontré con la noche, en las calles solitarias, en un parque lleno de árboles y el oscuro azul del cielo.

Le dije que la amaba, que no era amor a la artista sino a la mujer. A la mujer que conoció mi padre, a la mujer que me permitió acariciar su rostro, que nos devolvía a la historia, al pasado y al porvenir.

Y el parque fue llenándose de ríos laberínticos, circulares, pequeños castillos, y en medio tú, en una torre rodeada de gatos, mirándome curiosa con tu mirada-gato, tomándome de las manos, salvándome nuevamente.

Pero todo lo perdí al besarte, al abrir tus labios al deseo, al desnudar tu cuerpo, al morder tus pezones, al entrar a la inmortalidad de tu sexo y tus caderas, que bien valían la eternidad y la condena. Y luego tú, abrazándome, moviéndote, apretándome, sonriendo, mirándome, murmurando palabras.

Y yo contemplándote, pronunciando tú nombre, acariciando tu rostro, tu cabello, pidiéndole a la noche nunca amaneciera, mirándote dormir, descansando en mi pecho, abrazados. Y hoy de nuevo el parque en la madrugada, sin luna y sin ti. Con mi alma ardiendo de ausencia.

Remedios, ¿dónde estás? Regresa.

 

Nota: Este texto, fue publicado por primera vez en Catedral 867, suplemento literario de Síntesis, el 2 de mayo de 2009.

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