INFLEXIONES DESDE EL INSOMNIO/ “Las mil y un maneras de mamá para…”

JOSÉ MARÍA ARELLANO MORA. El ritmo de la vida nos lleva a cambiar hábitos y costumbres.

La costumbre de hacer las tres comidas al día –gran fortuna-. Así, saliera corriendo a la escuela, invariablemente comía algo o llevaba un bocado del desayuno. Y, en la mochila una riquísima torta de huevo revuelto.

En los 60’s, mi madre, no se preocupaba por mí desayuno, porque estaba inscrito en el programa de desayunos escolares. Con tarjeta en mano, veinte minutos antes de entrar al salón; consumía el desayuno.

Al llegar a casa, después de la escuela, comíamos el “Sota, caballo y rey” (sopa, guisado y frijoles), o “lo mismo de siempre”. Con su variante de guisados caseros, la delicia; rematando con una fruta, el postre.

No comíamos frituras o algo parecido. A la salida de la escuela, estaba los puestos de chicharrón de harina, pepinos o zanahorias preparados con limón, sal y salsa de botella y las nieves. El señor de las nieves, en una ocasión, decoró el barquillo, agregándole media cucharada de mermelada de fresa por un mínimo costo extra. En poquísimas ocasiones compre esa delicia.

A veces a mi mamá le ganaba el tiempo en la preparación de la comida y calmaba a los comensales –nosotros, sus hijos- dándonos fruta; un plátano, o manzana, o naranja; la que hubiese.

En nuestra estadía en Tlatelolco, a finales de los sesentas, se nos permitió comprar frituras, de marcas desconocidas. Las baratas, de aquellos años.

Los tiempos cambian, y eso de la comida, alejada de la preparada por mamá; por el trabajo, un tanto por el tiempo disponible o economía, recurría a los tacos de suadero, de carnitas, las “quekas”. ¿Por qué no? A la hamburguesa y pizza.

En las redes sociales, no falta quien pregunte donde venden aquellos antojitos en la Unidad, qué los tacos, las “quekas”… En la Unidad, han existido pocos comercios que ofrezcan tales mercancías. En los 70’s, hubo un local, en la zona comercial, atrás del edificio Hidalgo, de tacos de cabeza de res, sesos, lengua, con su respectiva y clásica salsa verde. Excelentes.

Hace poco, se me antojo una sopa instantánea, aquella cuya preparación es de 3 minutos. Le comenté a mi madre -¿Para qué?- me soltó un rollízimo, en relación de esas sopas. La escuché y salí a comprar la dichosa sopa.

A mi regreso, en la mesa, estaba servido: espagueti, sopa de verduras y una quesadilla. Sonreí. Desistí preparar la sopa.

“Las mil y un maneras de mamá para disuadirte de consumir productos chatarra” –me dije.

Esto pasa en el mundo en la Ciudad de México y también en Tlatelolco.

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