EL OTRO DATO/ Catolicismo olvida a la mujer

JUAN CHÁVEZ. Ayer se celebró en el mundo entero, hasta en el musulmán, el Día Internacional de la Mujer.
Y a mí me da por seguir con el tema y acudo a la “palabra de Dios”, de acuerdo con las corrientes místicas y nada gnósticas, para resaltar el valor supremo y aun el sacrificio con que muchas mujeres se condujeron en esos ricos relatos llamados versículos.
Esa mujer que los valores espirituales ensalzan y que según las historias bíblicas, alcanzan la excelsitud porque “intervinieron en los planes de Dios para la humanidad”, han sido enterradas en la oscuridad por esa iglesia que, se supone, está basada en los principios de Cristo.
Sara, Rebeca, Raquel, Miriam (María la Virgen), Débora, Rahab, Jocabed y, por supuesto, María Magdalena la figura del Nuevo Testamento y para mí, la fundadora del cristianismo venido a menos desde sus tiempos primitivos por la clase papal, son algunas de esas figuras relevantes del sexo femenino en la Sagrada Escritura.
Sara es el prototipo de las mujeres de la Biblia. A ella fue la única a la que Dios habló de acuerdo con los testimonios de las antiguas escrituras.
Además, Sara es única. Llega al sacrificio para “dar” un hijo a su ambicioso esposo Abraham. No solo lo induce al adulterio, sino que le pone en el tapete a la esclava Agar para que el marido tenga la descendencia exigida y tenga a quien heredar su poder y las riquezas que poseía.
La mujer de la Biblia, prostituta o no, ayuda a los hombres que Dios escoge para hacer cumplir sus dictados.
Moisés, con Séfora, forman la pareja grande del Éxodo, pero a Moi, son otras las mujeres que más le auxilian en aquellas que son las misiones del Supremo para que, una vez abandonado Egipto, lleguen a Canaán, la tierra prometida.
La “madrota” de un prostíbulo, con el lenguaje de ahora para que se entienda, le abre las puertas del paraíso para que entre a Jericó triunfante.
No son los trompetazos que dice la Biblia derrumbaron los muros de Jericó. ¡No! Fueron las mujeres “malas”, con las que los espías enviados por Moisés habían pasado sin duda una noche buena llena de embrujo y de los perfumes de esas féminas, las que aconsejaron al jefe de los miles de peregrinos judíos, como entrar a Jericó sin “problemas de estacionamiento”.
Igual fue con otras grandes mujeres como Ruth y Noemí, nuera y suegra que sin ser hebrea la primera, va a propiciar, en su segundo matrimonio, el nacimiento del primer rey de Israel, David, a quien Dios da el poder, a él y su descendencia, de ser el gobernador de “todas las naciones del mundo”.
En fin, la mujer es más grande que el hombre en los relatos de la Biblia.
Pero la iglesia católica la mantiene arrumbada, como trapo viejo e inútil.
En los primeros tiempos del cristianismo, la mujer fue predicadora. María Magdalena lo hizo hasta los días de su muerte, en los últimos años del siglo primero de la era cristiana.
Y lo hizo no obstante la oposición de Pedro que siempre le tuvo celos por ser el “discípulo consentido” (Juan) de Dios.
La iglesia pues es la primera discriminadora de la mujer. El actual papa Francisco no le concede el don de oficiar misa. Como el apóstol Pedro, Francisco no concede a la mujer ni un quinto. Todavía no es capaz, acusa. Y han pasado más de dos mil años y obvio, el Día Internacional de la Mujer, que bajo el signo de la igualdad de géneros celebran las féminas del mundo entero, no cuenta para el Vaticano y sus esbirros.
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