Travesía 211/ Black magic woman

 Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 21 de marzo (entresemana.mx). Sé muy bien que tú odias mi manía por recordar hechos y fechas recientes. Que te molestas cuando empiezo a recordar -a veces minuciosamente- algún suceso tuyo, y entonces también agrego algún dato periodístico o televisivo, a veces una canción. Te molestas, lo sé, pero no puedo evitarlo.

Esos detalles, esas cosas, eso que llaman Historia, contribuye a que la mía -personal, modesta, indiferente al mundo- no se pierda y cuente aunque sea un poco de nosotros. De mi amor por ti, de mi tristeza por no verte. No sabes cuánto deseo estar a tu lado, sin embargo, me resigno. Pero a veces me gana la desesperanza y pienso que no me importa lo que pase, que voy a ir a buscarte, y termino en un tugurio de mala muerte donde mis amigos matan la tristeza a tuvasos, donde los gritos: muévela mi Trejo, arriba la Vocho, pon a San Antonio de cabeza / pídele un novio, no me impiden que te imagine vestida apenas con una bata azul muy corta, medio tapada con unas sábanas incoloras de tanto lavar -que no alcanzan a ocultar tus piernas, muslos que en otro tiempo besé y acaricié, que en otro tiempo, tal vez instintivamente, también me apretaron, me hicieron soñar.

Te imagino recostada y con el cabello recogido, ahí en medio de dos camas, somnolienta, dirigiendo una sonrisa y extendiendo tu pequeña y delgada mano para saludarme. Pálida, nostálgica, preguntando por Enrique, diciendo que pensabas que esta vez sí te morías. Que nadie venía a verte, que por qué hasta ahora he venido y entonces me atrevo a abrazarte, a estrechar tu cuerpo y a decirte que te amo, que no puedo olvidarte, que nada me importa, que escapemos, que huyamos antes de que sea tarde, antes de que nos descubran, antes de que el tiempo nos acabe, antes que…

Güicho me invita a bailar con Lulú, que sonríe insinuante. Niego con un movimiento de cabeza y doy otro trago a mi cuba y grito un gracias. Poco a poco el alcohol va eliminando la tensión, platico con Martha que casi no me escucha. Hablo del primer intento de golpe de estado contra Gorbachov, y digo que era correcto, pues ingenuamente Gorba está entregando el poder a la derecha. Pero ahora la historia se revierte, se iza la bandera zarista en el Moscú de 1991, se prohíben la actividades del Partido Comunista, ahí donde ellos hasta hace poco tenían el poder; casi grito cuando digo que debemos hacer algo, que si Yeltsin llega al poder ya nada impedirá que Estados Unidos domine al mundo cual nuevo Hitler. Alejandro pregunta que qué me pasa, que me calme un poco: Tranquilo mi… y pronuncia mi nombre.  Pero yo sin poderte ver, las cosas en Moscú, y el alcohol hacen que me ponga triste y pesimista.

Ya llévenselo, grita alguien.

Güicho me vuelve a ofrecer a su pareja; el conjunto musical extrañamente toca una pieza de Carlos Santana y esta vez accedo. La mujer no es fea, por el contrario, es simpática y hermosa.

Al compás de Santana te recuerdo bailando desnuda, mis manos recorriendo tu cuerpo, que al girar daba a tu cabello largo y negro un movimiento misterioso como la Black magic woman de la canción.

Tú me mirabas, y tu mirada me provocaba una infinita ternura, pues desnuda te contemplabas desamparada e inocente.

Santana continúa, los acordes de su guitarra hacen que desaparezcan los demás. Yo bailo poseído, tú y yo juntos en este cabaret de buena muerte, así como tú querías: alegres, embriagados de alcohólica felicidad.

 

I got a black magic woman…

Yes, I got a black magic woman,

She’s got me so blind I can’t see,

She’s a black magic woman…

I need you so bad,

Magic Woman, I can’t leave you alone.

 

 

La voz de Lulú me dice molesta que no la apriete tanto y me regresa al Molino Rojo. Los muchachos aplauden, gritan, piden más. Yo regreso a la mesa, me tomo de un trago la cuba que me han servido y pido otra. Alejandro pone su mano en mi hombro y nuevamente me dice: Tranquilo…, pues qué pasa…

Hoy es jueves 22 de agosto -le digo-, está en el hospital, ella está en el hospital, quise ir a verla, tenía tantos deseos de abrazarla. Llegué a las cinco, ya había acabado la hora de visita. Pregunté en información: cama 206.

-Sí, todavía se encuentra aquí, vuelva usted mañana.

-Déjeme pasar, no tardaré, por favor.

-Pues rapidito, que su pareja aún se encuentra con ella, terminó diciendo la enfermera.

Alejandro calla, no dice nada, ni intenta detenerme cuando tambaleante, ciego, me dirijo a los de seguridad y ante el ademán de que voy a sacar un arma, ellos disparan.

 

 

Nota. Con el nombre de Molino rojo, este texto se publicó la primera vez en Catedral número 261, suplemento cultural de Síntesis, el 21 de junio de 1997.

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