La santa pereza

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 15 de abril (LEYENDAS DE PUEBLA/entresemana.mx). Ya cansado de esperar, Diego y su grupo de amigos comenzaba a desesperarse -no te preocupes, Marcelo dijo que llegaba a las nueve y media, y faltan diez minutos para ello, además doña Prudencia cierra a las diez, así que nos da tiempo de ir a comprar lo necesario para la reunión.

Es más, mira ahí viene corriendo, ya no te apures acá estamos-, “córranle muchachos, córranle, que ahí vienen los demonios”, -cálmate, y dinos qué pasa-, “espérenme, déjenme tomar un poco de aire, nada más vean que no nos vea”, -pero quién no debe de vernos-, “déjenme decirles que venía allá atrás, por donde está la clínica cuando escuché una voz que me decía ‘ave maría purísima’, de reojo vi que era una carreta negra como carroza, y la verdad no quise averiguar y que corro lo más rápido que pude, oía que venía atrás de mí, con el rechinido de sus ruedas, incluso sentía el aliento de los animales supongo.

Pero creo que ya no me siguió”, -es increíble lo que nos cuentas, aquí hemos estado y no ha pasado nada anormal- “de veras no miento”, -mejor di que no traes dinero para comprar y no hay problema-, “toma David te entrego el dinero”, -ahora, apúrense que ya mero cierra doña Prudencia y no queremos quedarnos sin probar sus antojitos para pasar el rato ¿verdad muchachos?-, “claro que no, vamos”.

-Buenas noches doña Prudencia-, “cómo están muchachos, pero qué te pasa Marcelo, te veo pálido, como si hubieras visto al fantasma de la ópera”, -no se burle doña, pero casi casi, les acabo de contar como me ha asustado una carreta negra-, “espera,  no me digas que te alcanzó la pereza”, -¿la pereza?, bueno no soy tan diligente pero, no esto era una carreta negra desvencijada, que de reojo vi que traía dos corceles pero raquíticos, casi muertos diría yo, y como rechinaban esas ruedas, y más que venían  sobre la calle empedrada, pues se oía más tétrico-.

“Ya casi voy a cerrar, y hoy no vienen mis sobrinos a cenar, así que me voy a quedar solita, ¿les gustaría acompañarme hasta  que cierre mi negocio?, después les invito a mi casa que está aquí a lado, cociné un caldo de pollo, que no es por nada pero me queda para chuparse los dedos, les invito y les cuento unas cositas, que les van a sorprender”. -No es por los cuentos, ni por comer, pero sí es un buen cambio de rutina, claro que la acompañamos-, “les agradezco muchachos, así no me sentiré solita, hasta que llegue mi familia”.

“Les decía jóvenes que les iba a comentarles unas cosas y se los voy a cumplir, déjenme contarles que hace muchos años, llegaron al curato de La cruz, la iglesia que nos queda cerca y queremos mucho, un día a eso de las once de la noche provenientes de Amozoc unas personas, eran don Ponciano y sus hijos Tiburcio y Vidal, debido a que tenían hospitalizado a otro hijo, pero estaba casi moribundo, los médicos no le daban muchas esperanzas de vida, por ello se encaminaron a esa hora para pedirle al religioso que en ese entonces era fray Reyes del santo ángel, y como suponemos todos, siendo altas horas de la madrugada estaba completamente dormido.

La ventana de su recámara daba a la calle por lo que rodeaban la iglesia y llegando llamaban y después de decirle qué requerían el sacerdote iba a donde le solicitaban, pero esta vez quiso el demonio o la pereza, el pecado capital que debemos aborrecer, que no pasara así… ¿en qué me quede?, ha sí, Ponciano ubicó la ventana y después de llamar varias veces, el fraile no contestaba, daba vueltas en su cama tratando de cobijarse más, para no escuchar a la gente que estaba afuera y además comenzaba a lloviznar.

Después de cerca de quince minutos o más que estaba la gente y él, cansado de escuchar que estaban toca y toca, desde su cama sin levantarse preguntó, ‘¿quién es?’, -nosotros padrecito-, contestaron, -unos pobres feligreses que necesitamos de su merced-, ‘qué necesitan’, preguntó el prelado, -queremos que confiese a mi hijo, que está moribundo y le dé la extremaunción-, ‘hay hijo, qué pena me da, pero si quieres, mejor vamos al rato a eso de las diez de la mañana, tengo mis reumas, y con la lluvia, más frío me da, y casi no puedo levantarme’, -pero nos dijeron  que tal vez no llegue a la mañana, por eso queremos que su merced nos haga ese favor, por si nos deja vaya tranquilo-.

‘Si hijo ya te entendí, pero estoy enfermo y con este clima empeoro más, por eso te digo que vengas en la mañana a las diez, acá te espero anda, y ve con Dios’, -como será su paternidad, pero va a ver que Dios va a hacer que usted muera también sin confesión-,  ya no se oyó nada, pero el lego dentro de sí, decía, qué gente, cómo se le ocurre venir a  despertarme, total si alguien ha de morirse se morirá y listo, de ese momento nadie se salva, yo tengo mucho frío, mejor me duermo. Ya mañana  se verá, si aguanta y vienen a preguntar por mí, me escondo y asunto arreglado, a ver que le digo al sacristán para que pretexte que no estoy’.

Y así fue, Ponciano y sus hijos se llegó a las diez, pero esta vez, era para pedirle que pudiera oficiar una misa, porque su familiar había muerto, pero el sacristán siguiendo las órdenes, les dijo que desafortunadamente  el sacerdote había salido muy temprano, porque sus superiores lo habían llamado, entonces Tiburcio, le comentó, ‘dile que recuerde, que como no quiso confesar a mi hermano morirá él sin confesión, vámonos papá, ya veremos al padre del pueblo para que nos pueda oficiar la misa’, -sí hijo-.

Pasaron muchos años todavía, pero no fue la única ocasión, que fray Reyes, por la pereza, no fuera a administrar algún sacramento, o simplemente porque a veces estaba comiendo y no quería perderse de terminar un alimento tan sabroso como le gustaba a él.

Incluso, lo mandó a llamar el obispo varias ocasiones, para que le rindiera cuentas, porque ya le habían llegado noticias muchas de los oficios que según la gente dejaba de hacer, y por lógica, también habían bajado las limosnas, porque a veces celebraba la misa sin sermón, todo debido a que le daba flojera porque según el fray no era el tipo de feligreses dignos de escuchar su homilía.

Desobedeciendo tampoco hizo caso  a los llamados que le llegaban por escrito. En dos ocasiones fueron representantes de la Curia a visitarlo, y al saberlo, se lograba escabullir, por el campanario, y para no estar solo en lo que supuestamente esperaba el gran prelado, fray Reyes escogía unos cuantos manjares de la cocina y se los comía mientras permanecía escondido, cuando se retiraba monseñor, como a la hora descendía y se refugiaba en su cuarto, según a rezar, pero en vez de eso, se acomodaba en   su cama y a dormir su buena siesta.

Después de este suceso cerca a los diez años, quiso que la profecía se cumpliera, pues estando enfermo, no hubo ningún hermano que lo confesara, y murió a partir de ahí, se le vio como un muerto viviente, el hábito roído, en una carreta negra, tirada por dos corceles con las mismas características de él, cada semana desde las nueve de la noche a las tres de la mañana, recorre la calles del barrio del Alto y de la Cruz, preguntando si alguien quiere confesarse, ese ha sido su castigo hasta la eternidad.

Siempre inicia con su frase, ‘ave maría purísima, si tú le contestas, entonces serás confesado por un sacerdote, que a medida que te va oyendo se  vuelve completamente esqueleto y con voz ronca te da la absolución, aunque dicen que los que confiesa, en poco tiempo mueren, por eso también dicen que tengan cuidado y huyan cuando escuchen el rechinar de las ruedas, porque si no pueden estar sentenciados, por eso procuren estar siempre juntos o no hacer caso a ruidos extraños”.

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