LEYENDAS DE PUEBLA/ Los ateteos

 

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 20 de mayo (entresemana.mx). A  inicios del siglo pasado, en el municipio de Momoxpan, las mujeres acostumbraban todos los días lavar la ropa o bañarse en los manantiales que estaban ubicados en la parte que ahora se conoce como calle Puebla y río Rabanillo. Los hombres también acudían a bañarse, pero en las horas en las que ya sabían que las mujeres no llegarían o tardarían.

A los que les gustaba el agua del cauce procuraban nunca asistir solos por temor a los ateteos, esos seres diminutos que según la creencia popular habitan cerca de los ríos del estado de Puebla. Están armados con lanzas y ondas que ellos fabrican. Dentro de la jerarquía de seres fantásticos, podrían ubicarse a la par de los duendes, chaneques u otros diminutos hombrecitos.

Sobre su existencia, nadie que viva en las zonas boscosas lo duda. Se cuenta que al caer la neblina salen y deambulan haciendo pequeñas travesuras a los animales, aunque si un humano de alma buena y caritativo los necesita, están siempre dispuestos a ayudarlo sin importarles que los vean.

En esta región vivía María Benita  Xantipa, mujer muy noble, pero excéntrica de todo lo que escuchaba en el pueblo, ya que caminaba en las sombras de la madrugada para ir al molino y como nada extraordinario le sucedía, comentaba que las mujeres hablaban porque les sobraba tiempo y no perdían ocasión en platicar esas cosas que solamente vivían en su imaginación.

Tarareando y al hombro con su canasto de masa regresaba a su casa, sabía que despertaría a sus hijos con un buen desayuno y con unas gordas recién hechas. A poco rato apareció Prudencio Calle, hombre débil de estatura baja que al caminar entre su ganado se confundía y al observar de lejos, era un cuadro donde  los animales caminaban solos.

Sentados en la mesa, agradecían que su familia, estuviera bendecida, ya que sus once hijos y ellos formaban uno de los más grandes clanes de esa época. Todo era felicidad para María Benita, sus padres habían aceptado su matrimonio con buenos ojos, sus parcelas ofrecían grandes y abundantes frutos que saciaban el apetito feroz de los chiquillos, verlos corretear por la montaña y llenarse de tierra, era una alegría indescriptible para los papás que los veían con amor.

Pero todo acaba, nada es eterno y a María Benita le tocaría el turno de sentir en carne propia el rigor de la vida, el amor de su vida, Prudencio, entregaba su alma al Creador, dejándola en el más completo abandono, sus retoños, el más grande de catorce años, al más pequeño de tan sólo doce meses, qué haría ella ante esta inesperada  sorpresa que le daba la vida. Sentada a la vera del camino cavilaba sobre su nuevo status, sus hijos la veían y seguían sus juegos ajenos a la tragedia que se cernía sobre ellos.

A sus cuarenta años, María Benita con decisión, se levantó ese día y se encaminó a la zona donde vivían las personas con mayor  capacidad económica, para pedir trabajo como lavandera o ayudante en los quehaceres domésticos, caminando sin tregua y ya casi al ocaso del día afortunadamente logró que cuatro familias le otorgaran ropa para asearla.

Dejando recomendaciones a Régulo, su hijo mayor, llena de alegría María Benita se dirigió al manantial, nombrado desde eses entonces el “Ameyal”, aseaba las prendas con gran esmero y las entregaba antes del tiempo previsto. Esto le dio buena fama, lo que hizo que tuviera más trabajo, situación que la obligaba a iniciar antes de las siete de la mañana y concluir después de las ocho de la noche todas sus labores, muy rendida.

Un día recibió  un encargo extra de ropa lo que la obligó a quedarse en el río más tiempo de lo normal. A las ocho y media de la noche, la última  mujer que la podía acompañar se despidió advirtiéndole  del peligro que rodeaba el lugar, pues al estar sembrado por milpas altas, los animales salvajes podían acecharla.

Y como el canal que servía de desagüe  del Ameyal estaba obstruido, la única salida era una angosta vereda que conducía a la orilla del río Rabanillo. Aun así tomó la determinación de quedarse y apurarse para cenar y darles las buenas noches a sus hijos.

No bien había mojado la siguiente prenda para echarle jabón cuando la piel se le erizó al escuchar aullidos cercanos. De inmediato recordó que existían coyotes en esa zona y continuó con su actividad sin intimidarse.

De pronto cerca de ella se encontraban tres enormes animales mostrando amenazadoramente sus colmillos y sigilosamente se acercaban, sin hacer ningún movimiento elevó su vista al cielo temiendo el fin de su existencia, al verlos se pudo dar cuenta de que traían los ojos rojos como echando fuego, y un olor nauseabundo salía del hocico, ¿qué era eso? se preguntaba, ¿eran los fantasmas que comentaba la gente del pueblo, o demonios?

En ese momento sucedió que del pequeño orificio donde salía el caudal más grande del agua surgieron diminutos hombres semejantes a los indígenas, vestidos con taparrabos y armados con pequeñas lanzas y ondas. Se abalanzaron sobre los coyotes, en ese momento el más viejo de los animales con voz cavernosa  dijo: -no te metas con mis presas, esta mujer será para mi manada, puesto que los dioses me han indicado que debo de llevarme su alma-, pero el que parecía el jefe de los hombrecitos, le dijo que por nada dejarían perder a tan noble dama, se abalanzaron sobre esos seres  con arrojo y valentía y los hicieron huir.

Al sobreponerse, la mujer agradeció a esos seres, el que parecía líder le preguntó por qué lavaba hasta altas horas, a lo que le respondió que la necesidad le hacía tener ese trabajo y ya un poco más calmada les contó la historia de su matrimonio, todo lo feliz que había sido al lado de su marido y los hijos que tenía, que para ella también eran una bendición, -lo sabemos-, exclamaron los visitantes.

-Mira conocemos que el destino es así y a veces no podemos cambiarlo, sólo modificarlo un poco, pero ayudaremos a que tu vida sea un poco más ligera, trae a tus hijos mayores los tres primeros, que serán los que van a apoyarte en este trance el día de mañana, se despidieron y ella aunque rendida, terminó de lavar sus prendas y se retiró a su casa.

Al otro día le dijo a sus hijos que la acompañaran después de haber hecho unas labores que había encargado, así que llegaron después del mediodía, no tardaron en aparecer los hombrecitos, pero el ama de casa les pregunto cómo se llamaban y el jefe les dijo que su nombre era Xalhu, y que sólo preguntaran o llamaran a él, ya que los astros permitían que se llamara solamente a uno.

-Pero bueno a lo que hemos llamado a tus hijos es para que te ayuden y tengan una mejor vida, los niños estaban sorprendidos, pues de saber que los terroríficos, los demonios que la gente les llamaba, era lo contrario. Ustedes seguirán ganándose la vida con su madre para poder ayudarla y después cuando formen su familia, seguiremos viéndolos, siempre y cuando sigan siendo buenas personas.

Pongan sus herramientas acá-, los niños obedecieron dejando en el suelo unos machetes y un hacha, los hombrecitos las tomaron y alzándolas el jefe de ellos hizo unos pases mágicos y las volvieron a poner en su lugar, -bien, tomen sus herramientas y empiecen a cortar esos dos árboles que están ahí-, señalando cerca de la entrada del cauce -y con los machetes cortarán el pasto que cubre la vereda-.

Voltearon a ver a su madre y ella asintió confiada, lo hicieron pero la tarea les resultó muy fácil, los instrumentos no pesaban y cuando trataban de cortar el tronco, parecía como si fuera mantequilla, lo mismo con los machetes, así que terminaron en un santiamén lo que les habían encargado, peo no bien habían concluido, cuando de la orilla del cauce y del tocón que había quedado, empezaron a ver un resplandor, se acercaron y eran monedas, -recójanlas-.

Y les recalcaron, -con estas herramientas pasarán toda su vida, nunca se les acabará el filo y harán más llevadero su trabajo, para ti mujer, cuando no tengas trabajo o no quieran dártelo ven y aquí encontrarás algo para mitigar tu hambre, pero sólo cuando en verdad lo necesiten aparecerán-.

María Benita era muy noble, además de trabajadora, tal vez por ello los ateteos a partir de ese día, decidieron cuidarla a sabiendas que trasnocharía muchos días para entregar sus cada vez más encargos, a lo largo de su vida.

Compartir articulo