TRAVESÍA 224/ Tragicomedia Mexicana 1/ José Agustín

>> Elecciones 1940: Manuel Ávila Camacho vs. Juan Andrew Almazán

Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 9 de julio (entresemana.mx). En el primer tomo de Tragicomedia Mexicana 1. La vida en México de 1940 a 1970,  José Agustín narra la sucesión presidencial en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), partido del gobierno y antecedente del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Finalizaba el sexenio nacionalista del general Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970), el país aún se encontraba polarizado y la derecha presionaba para que el gobierno diera un giro a su política que algunos sectores calificaban como socialista, aunque en realidad sólo era nacionalista.

Este rechazo beneficiaba a dos militares de derecha, uno radical -Joaquín Amaro-, otro más moderado y con mucha simpatía entre el electorado  -Juan Andrew Almazán- con su Partido Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN).

Curiosamente, el derechista Partido Acción Nacional, nacido un año antes (1939), no tuvo candidato, por tanto, apoyó a Almazán.

Por su parte, Cárdenas analizaba la conveniencia de lanzar como su sucesor al general Francisco J. Múgica, quien podría dar continuidad a su política nacionalista; o inclinarse por otro general dizque de ‘’centro’’ y que podría apaciguar a la derechay lograr la unidad nacional, el poblano Manuel Ávila Camacho. (1897-1955)

Finalmente, Cárdenas decidió que el nuevo presidente sería Manuel Ávila Camacho, quien luego de unas cuestionadísimas y fraudulentas elecciones asumiría la presidencia de México el 1 de diciembre de 1940.

Para júbilo de la burguesía, Manuel Ávila Camacho destinó recursos públicos para promover el desarrollo de la clase empresarial y hasta se declaró creyente, por lo que, cuenta José Agustín, la gente lo llamaba medio en broma: Ávila Camocho.

El proceso electoral se caracterizó por enfrentamientos y represión a seguidores del candidato del PRUN, hubo heridos, muertos, robo y relleno de urnas a favor del candidato oficial; narra José Agustín que se daba la orden a los encargados de casillas de que votarán hasta los muertos favor del candidato oficial.

 

“Ordené a los improvisados miembros de la casilla que pusieran la nueva ánfora de votos, pues iba a ser inexplicable que en ‘la sagrada urna’ sólo hubiera dos votos: el del general Lázaro Cárdenas, presidente de la República, y el de Arroyo Ch., subsecretario de Gobernación. Yo les dije a los ‘escrutadores’: ‘A vaciar el padrón y a rellenar el cajoncito, y no discriminen a los muertos, pues todos son ciudadanos y tienen derecho a votar.” ”

 

Oficialmente sólo hubo 17 muertos en provincia.

Diarios de la época registraban 30 muertos y 157 heridos.

El Colegio Electoral -controlado por el PRM- calificó las elecciones como válidas:

A Manuel Ávila Camacho le dio dos millones y medio de votos, a Almazán, 15 mil sufragios.

El espacio se termina, y aunque no nos guste la historia, quizá habría que regresar a ella para que no nos sorprendan hechos como los del 1 de julio en Puebla, donde por momentos, guardando la distancia y las comparaciones, parecía que quién operaba para el grupo de Rafael Moreno Valle era el mismísimo general Gonzalo N. Santos.

Cabe aclarar que el general Cárdenas toleraba la violencia en el proceso electoral pues creía que si la derecha llegaba al poder presidencial, se truncarían los postulados de la Revolución Mexicana.

 

1.-La transición (1940-1946)  (Fragmentos)

 

La enorme fuerza que cobraba la derecha fue determinante para que el presidente Cárdenas eligiera sucesor, pues entre sus reformas al sistema no se incluía la voluntad de democratización sino más bien la consolidación de los poderes impresionantes dc la presidencia. En el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) eran visible: dos campañas vigorosas que buscaban la candidatura oficial a “la grande”. Una de ellas, la del general Francisco J.  Múgica, secretario de Comunicaciones, representaba la continuidad y ampliación de las reformas revolucionarias y era la opción natural de la izquierda. Cárdenas sabía que si se inclinaba por Múgica, como muy posiblemente lo deseaba, las derechas se exacerbaríanen su contra y la situación podía resultar inmanejable. Por tanto, eligió la otra precandidatura existente, la del general Manuel Ávila Camacho, secretario de Guerra y Marina, quien había logrado ubicarse en el “centro” y resultaba un elemento neutro que podía unificar la gran diversidad de intereses que hervían en el PRM, además de que le quitaría banderas a la oposición sin abdicar a los principios de la Revolución Mexicana. “Usted será el presidente de la república”, se dice que Lázaro Cárdenas informó a Ávila Camacho. “Y si alguno recibe una tarjeta o una carta mía, no le haga caso. Será porque me vi obligado a darla.”

Lázaro Cárdenas utilizó todo el aparatoso peso de su investidura en favor de su elegido. Lo juntó con Vicente Lombardo Toledano, el viejo lobo de Marx, secretario general de la entonces muy poderosa CTM, y logró que el insigne maestro en alto oportunismo apoyara a Ávila Camacho, pues “había que escoger”, sentenció Lombardo, “no al hombre que más ofreciera al movimiento obrero sino al que garantizara la unidad del pueblo mexicano y su sector revolucionario”. Con esto, el general Múgica empezó a decir adiós a sus ambiciones presidenciales.

La Confederación Nacional Campesina (CNC), el siempre débil y manipulable sector campesino, también satisfizo los deseos del presidente y apoyó la candidatura de Avila Camacho. Lo mismo ocurrió con una mayoritaria cantidad de militares (el sector más conflictivo del partido) y de gobernadores, liderados por el joven y afanoso mandatario de Veracruz, Miguel Alemán, quien fue nombrado secretario general del Comité Pro-Ávila Camacho, con lo cual aseguraba prácticamente su viaje en el próximo gabinete.

Ya con toda esa fuerza detrás, Ávila Camacho subió el tono conservador de su campaña y no se cansaba de sugerir que llevaría a cabo las rectificaciones que se exigían. Por el lado de la oposición, Joaquín Amaro vio que tenía escasas posibilidades de ganar y gruyendo, se retiró del juego electoral.

También se había registrado la candidatura de Rafael Sánchez Tapia, quien se lanzó por su lado, pero jamás tuvo la menor fuerza. El Partido de Acción Nacional (PAN) apenas había sido fundado en I939 por Manuel Gómez Morín y no presentó candidato a la presidencia, pero apoyó  a Andrew Almazán. Por tanto, todas las expectativas estaban puestas en Manuel Ávila Camacho, que contaba con el aplastante apoyo del gobierno, y en Juan Andrew Almazán, cuya “ola verde” crecía y crecía en las ciudades y obtenía el apoyo de mucha gente. La campaña de Almazán pronto se convirtió en una verdadera amenaza, y el gobierno y el PRM urdieron una despiadada “guerra sucia” contra los almazanistas. En varias ciudades (Monterrey, Puebla, Pachuca, por ejemplo) las autoridades locales reprimieron duramente a la oposición y hubo numerosos muertos y heridos; en muchas otras partes de la república se obstaculizaba y hostilizaba sistemáticamente toda actividad pro-Almazán. Todas estas circunstancias fueron enrareciendo ominosamente la atmósfera política del país.

El presidente Cárdenas había prometido que las elecciones serían limpísimas y que habría un respeto absoluto por el voto popular. Pero Almazán no cesaba de repetir que el gobierno y el PRM llevarían a cabo un fraude de proporciones tan descomunales y groseras que sin duda brotaría la insurrección nacional en defensa del voto. El general Almazán había planeado, para cuando eso ocurriera, formar su propio congreso almazanista, “asiento de los poderes legítimamente electos”, que calificaría las elecciones, lo nombraría presidente electo y elegiría un presidente sustituto. Almazán saldría a Estados Unidos y dirigiría la revuelta, llamaría a huelga general y coordinaría los grupos armados que tomarían las ciudades. Las tensiones se hallaban al límite el 7 de julio. El detonador de los conflictos era una disposición de la más pura naturaleza surrealista, mediante la cual las casillas electorales se instalaban con un empleado de las autoridades y los primeros cinco ciudadanos que se presentaran. Por supuesto, todos querían ser los primeros en llegar. Tanto el PRM como el PRUN formaron brigadas de choque fuertemente pertrechadas. La CTM había prometido 40 mil trabajadores para hacer “vigilancia electoral”, pero a última hora los obreros desobedecieron a sus líderes y las brigadas de la CTM nunca aparecieron. Esto permitió que muchas casillas fueran ocupadas por almazanistas. Manuel Ávila Camacho se topó con la desagradable sorpresa de que todos los funcionarios de la casilla donde votó mostraban fotos de Almazán en las solapas.

Gonzalo N. Santos, el cacique de San Luis Potosí, en sus Memorias nos dejó una narración de los sucesos del 7 de julio verdaderamente extraordinaria por su cinismo. A las siete de la mañana Santos ya había matado a un almazanista en un tiroteo; después formó una brigada de choque que llegó a tener más de 300 gentes, y con ella se dedicó a asaltar casillas a punta de balazos. La gente acudía a votar en grandes cantidades y, al menos en las ciudades, lo hacía abrumadoramente a favor de Almazán y los candidatos del PRUN. Pero al poco rato llegaban las brigadas del Comité Pro-Ávila Camacho y a balazos hacían huir a votantes y representantes de casilla. Tumbaban las mesas, rompían las urnas y se tiroteaban con los almazanistas, que eran muchos y estaban en todas partes.

El presidente Cárdenas, acompañado por el subsecretario de Gobernación Agustín Arroyo Ch., daba vueltas en su coche para ver la votación, y constató que la casilla donde él debía votar estaba, bien custodiada, en manos almazanistas. Por teléfono, Arroyo Ch. urgió a las brigadas a que intervinieran y el presidente pudiese votar en condiciones adecuadas. El grupo de choque pronto respondió al llamado. Desde varias cuadras alrededor de la casilla había tiradores en balcones y azoteas, y a todos ellos fueron abatiendo las huestes avilacamachistas, gracias a las ráfagas irrebatibles de las ametralladoras Thompson con que se abrían paso.

“¡Ríndanse, hijos de la chingada, que aquí viene el ‘Huevos de Oro´!”, gritó el general Miguel Z. Martínez, quien después sería Jefe de la policía capitalina alemanista. Los defensores capitularon y “previa cañoniza en la cabeza” se fueron uno por uno. “Rápido, cabrones, al que se detenga lo cazamos como venado.” Al instante llegaron los bomberos y a manguerazos de alta presión limpiaron las manchas de sangre que había en todas partes; la Cruz Roja, solicita, levantó cadáveres y heridos. Se arregló la casilla, se puso urna nueva y al fin pudo votar el ciudadano presidente y su acompañante Arroyo Ch. “Qué limpia está la calle”, comentó Cárdenas al salir de la casilla, cuenta Santos: “Yo le contesté: “Donde vota el presidente de la República no debe haber basurero.” Casi se sonrió, me estrechó la mano y subió en su automóvil. Arroyo Ch., menos hipócrita, me dijo: ‘Esto está muy bien regado, ¿qué van a tener baile?’ Yo le contesté: ‘No, Chicote, ya lo tuvimos y con muy buena música.” Cárdenas se hizo el sordo. . .

“Ordené a los improvisados miembros de la casilla que pusieran la nueva ánfora de votos, pues iba a ser inexplicable que en ‘la sagrada urna’ sólo hubiera dos votos: el del general Lázaro Cárdenas, presidente de la República, y el de Arroyo Ch., subsecretario de Gobernación. Yo les dije a los ‘escrutadores’: ‘A vaciar el padrón y a rellenar el cajoncito, y no discriminen a los muertos, pues todos son ciudadanos y tienen derecho a votar.” ”

En toda la Ciudad de México tuvieron lugar encuentros armados a lo largo del día. En la tarde, enormes muchedumbres almazanistas se congregaron en torno a El Caballito. Esperaban la llegada de su líder para cargar contra Palacio, que, por supuesto, ya estaba bien custodiado por el ejército. Pero Almazán nunca llegó.

Al final se reportaron 30 muertos y 157 heridos. Los enfrentamientos tuvieron lugar en casi todas partes, pero resultaron especialmente sangrientos en Ciudad Juárez, San Luis Potosí, Monterrey, Ciudad del Carmen, Puebla, Saltillo, Toluca, Ciudad Madero yCoatepec. Sólo hubo elecciones tranquilas en Nogales, Hermosillo, Tampico, Piedras Negras. Mazatlán, Torreón. Chihuahua y Ensenada. Oficialmente se dijo que en provincia había habido l7 muertos. Los disturbios, choques e irregularidades fueron tantasque Juan Andrew Almazán alegó abierta ilegalidad.

Por su parte, Manuel Ávila Camacho fue a descansar esa noche a su casa. Gonzalo N. Santos refiere: “Me dijo don Manuel: ‘Pues yo tengo la impresión de que nos han ganado Ias elecciones y yo, en esas condiciones, por vergüenza y decoro no voy a aceptar ganar.’ A don Manuel se le derramó el llanto. Yo le dije: ‘No, señor, no tenga usted en impresión, que es falsa, la capital de la república siempre ha sido reaccionaria, pero ahora es más; estos votos para Almazán puede usted estar seguro de que fueron emitidos contra Cárdenas y también contra la Revolución. . . Pero por ningún motivo y de ninguna manera vamos a traicionar a la Revolución consintiendo el voto de Almazán, ¡eso nunca!’ Volvió don Manuel a llorar y me dijo: ‘Yo nunca traicionaré a la Revolución y por ella no me importa perder la vida como ya lo he demostrado, pero un triunfo así no lo acepto.’’’

Claro que al día siguiente ya había cambiado de idea.

Después de las elecciones, Sánchez Tapia anunció que se reintegraba al ejército, lo cual dejó ver que sólo había entrado en la contienda para legitimar las elecciones al aceptar el resultado. Cárdenas compró rifles y municiones, y llevó a cabo movimientos en el ejército en espera de la insurrección. Y Almazán voló a Cuba. Quería entrevistarse con Cordell Hull, secretario de Estado norteamericano, que participaba en la Conferencia de La Habana, en la que el imperio del norte buscaba asegurarse del apoyo de los países latinoamericanos en la guerra mundial. Para empezar, Hull no quiso recibir a Almazán. Después, le negó una visa con nombre supuesto y, por último, el gobierno estadunidense reveló al de Cárdenas detalles de los planes militares de Almazán. Él, por supuesto, ignoraba que días antes Miguel Alemán había conversado en Washington con Sumner Welles, el subsecretario de Estado. Alemán le dio garantías de que Ávila Camacho apoyaría a Estados Unidos en la guerra, y de que resolvería las controversias entre los dos países. Estados Unidos, por tanto, consintió en enviar al vicepresidente Henry Wallace para que se fortaleciera la maltrecha legitimidad de la transmisión de poderes. No obstante, si la delegación de México en la Conferencia de La Habana no colaboraba con la de Estados Unidos, a manos almazanistas podría llegar información confidencial reveladora de que las elecciones habían sido una farsa trágica.

El 15 de agosto, el colegio electoral, controlado por completo por el PRM, ya había calificado las elecciones y dio la presidencia a Ávila Camacho con dos millones y medio de votos. Se dedicó una última broma siniestra a Almazán al reconocerle ¡quince mil votos! Las quejas del fraude electoral se oyeron por todas partes, ya que la prensa y la radio apoyaban a Almazán; sólo El Popular, izquierdista, y El Nacional, oficial, respaldaban al gobierno. En septiembre se constituyeron los dos congresos: el almazanista y el oficial. En el primero se declaró presidente electo a Juan Andrew Almazán, quien entonces se hallaba en el sur de Estados Unidos, sin atreverse a nada. Poco después se promulgó el Plan de Yautepec y murió en Monterrey Manuel Zarzosa, brazo derecho de Almazán. Y éste ya no regresó al país ni dirigió insurrección alguna. En noviembre renunció al cargo de presidente electo, “como único medio de conseguir la tranquilidad a que tienen derecho mis partidarios”. Estos, por su parte, ya habían tenido una probadita de la barbarie que aún prevalecía en el sistema, después les sobrevino una “cruda” que los hundió en la frustración, primero, y al final en la convicción de que los habían traicionado.

Todo esto, al poco tiempo, generó una profunda desconfianza de los ciudadanos ante los procesos electorales, que se tradujo en apatía, desinterés y altos índices de abstencionismo, lo cual siempre benefició al gobierno y al partido oficial.

 

Tragicomedia Mexicana 1

La vida en México de 1940 a 1970

José Agustín

Editorial Planeta Mexicana

México, 1991

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