LEYENDAS DE PUEBLA/ Un milagro

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 16 de septiembre (entresemana.mx). Me queda clarísimo que no todas las leyendas surgen de hechos aislados o están relacionados con cuestiones ligadas al terror. El día de hoy decidí escribir sobre una crónica que escuché en un pueblecillo llamado San Buenaventura Nealtican. Cierto día, Inés, la más pequeña de las hijas de don Fermín Rovirosa Santelena enfermó repentinamente. El galeno del pueblo acudió velozmente al domicilio, mas su visita no fue de gran ayuda, ya que la medicina que se ocupaba sólo la había en la farmacia de la capital.

– No importa doctor. Ahora mismo salgo para allá. Dijo don Fermín.

– Sí, la muchacha necesita esa medicina en un periodo menor a doce horas, pues si no se le administra la dosis en ese tiempo puede morir. Comentó el doctor. Don Fermín aprestó su caballo y se fue a todo galope con la esperanza de regresar a tiempo. Más nadie se imaginaría que apenas un par de horas después de su partida, se soltaría en esa región un aguacero sólo comparable con los estragos que puede causar una tormenta tropical.

El agua hizo que los ríos se desbordaran, lo que ocasionó que los caminos de tierra se volvieran verdaderos lodazales. Al ver eso don Fermín repetía una y otra vez en su mente:

– ¿Qué voy hacer ahora? Las patas de mi caballo se atoran en el fango y no logro avanzar nada.

De pronto, de entre la niebla surgió la figura de un jinete alto y robusto,  el caballo rebuznó nervioso, El equino iba al trote en medio de los sembradíos, poblados de flores blancas simulando una invasión fantasmal. Todo seguía en silencio, un silencio extraño, inquietante. El jinete pensó en otro viajero que había visto desde hacía un buen rato avanzando tras de él… Lo había perdido de vista pese a que el caballo se había encaprichado en detenerse.

Durante todo el tiempo él había estado esperando la oportunidad de dejarse alcanzar y compartir el viaje, pero el otro jinete parecía no tener prisa, incluso daba la impresión de que tan pronto él disminuía el paso lo imitaba, de modo que se mantenía siempre a una distancia prudente. Cuando abordaba estos pensamientos, sintió que algo detenía a su caballo haciendo arquear el lomo del pobre animal.

–¡Virgen del Perpetuo Socorro! —el jinete echó el cuerpo hacia delante tratando de evitar el contacto con su anormal acompañante. Imaginaba que se trataría de un ser espantoso y frío, capaz de congelarlo si lo llegaba a tocar, o tal vez ardería como la llama de un incendio.

El caballo se movía con dificultad aplastado por un peso gigante y su respiración agitada acompañaba el jadeo de su cuerpo que mantenía al jinete en un movimiento de sube y baja.

—Regáleme un cigarrillo —le dijo una voz desconocida.

Don Fermín lleno de espanto se apresuró a buscar bajo su enorme capa, sacó un cigarrillo, lo entregó enseguida con mano temblorosa. Lo extendió hacia atrás por encima de su hombro sin volver la cabeza.

—¿Me da candelita?

Él se estremeció. Sin responder palabra, buscó entre su bolsillo, entonces la volvió a pasar por sobre su hombro manteniendo la cara hacia el frente. Pero esta vez no pudo evitar que, al entregar el encendedor, su mano se rozara con la de aquel extraño.

Volvió a estremecerse. El artefacto fue accionado para dar paso a una débil luz amarillenta que daba a la escena un toque macabro. Al rozar la mano de su acompañante diabólico, contrario a lo que el jinete hubiera supuesto, le pareció sentir una piel tibia y suave (él la había imaginado con largas y afiladas uñas, llena de arrugas, áspera y fría o impregnada de un ardor demoníaco), una inexplicable curiosidad de mirar su repentina compañía se alojó en él.

Por otra parte, llegó a pensar que ese personaje, no significaba un peligro real para él. Sin embargo, una y otra vez logró contener el hechizado impulso de volverse hacia el jinete. Pero reparó que tenía espuelas brillantes, dientes muy blancos, pero uno era de oro, porque reflejaba la luz.  Traía un poncho negro y un sombrero que no dejaba verle los ojos.

– Usted es don Fermín Rovirosa ¿no? Le inquirió

– Sí, ¿qué se le ofrece?

– No nada, lo que pasa es que lo reconocí y quise aproximarme para saludarlo en persona. ¿Le ocurre algo? Lo noto preocupado.

– Requiero llegar a Nealtican en menos de tres horas y con este temporal no creo que eso sea posible. Me preocupa la vida de mi hija, debo llevarle esta medicina.

– Si quiere démela, yo voy para allá.

– ¡No, cómo va a ir usted, si le estoy diciendo que los caminos están inundados!

– Mi caballo ha estado transitado por peores vías sin dificultad.

Dado su alto grado de desesperación, don Fermín aceptó la propuesta del jinete.

Su recién llegado acompañante aspiraba el cigarrillo en ese momento. Una luz, por demás inusual, salía de la roja brasa iluminando el rostro del eventual compañero. Un grito de espanto se escapó de la garganta de Fermín. “¡Jesús, creo en Dios Padre!”.

Lleno de horror contempló la horripilante cara. Se trataba casi de una calavera, de bestiales dientes negros, entre los cuales sobresalían unos colmillos enormes que parecían capaces de destrozarlo de una sola dentellada.

En sus grandes cuencas redondeadas los ojos brillaban semejantes a dos brasas encendidas. Lo miraban fijamente de manera aterradora.

Aquel ser espantoso vestía de un color negro tan concentrado que sobrepasaría el color de la más oscura de las noches. Entre los garfios de la mano siniestra sostenía un pendón negro. Lo agitaba de manera compulsiva en todas las direcciones, y al compás del movimiento miles de lamentos emitidos por voces diferentes parecían emerger del mismo silencio de la naturaleza. En uno de los movimientos Fermín vio que el pendón lo señalaba.

— ¡Esbirro del mal! —dijo con voz potente.

El caballo salió disparado del lugar. En el arranque tiró al piso a la pavorosa figura, que se desplomó sobre la tierra cuarteada por el verano. Produjo un ruido estrepitoso. En el acto una carcajada horrible estremeció todo en derredor. Aquella risa, además del estruendo que hizo la espantosa figura al caer, espantó aún más al animal ya desbocado.

El jinete permaneció aferrado a la silla sin hacer el intento de parar al caballo. Estaba equilibrado, con los pies metidos en los estribos, inclinado un poco hacia atrás durante la veloz carrera. De pronto pareció que perdía el equilibrio, osciló dos o tres veces sobre la silla, y se desplomó al piso.

Dos días después, el sonido ahuecado de la madera se escuchó grave y extraño viajando por los oscuros compartimientos de la vivienda. No recordaba nada en absoluto, pero un instinto inusual le había permitido llegar hasta ahí, esperando lo peor. Sin embargo, fue recibido en la puerta por su propia hija quien ya estaba curada.

– Hola papá. Hace dos días llamaron a la puerta y cuando mi mamá fue abrir, no había nadie. Únicamente estaba recargado sobre una maceta un paquete que contenía la medicina.

Nadie supo explicar lo ocurrido, más don Fermín supo que todo aquello había sido un milagro. En seguida, satisfecho Fermín por el deber cumplido, intentó alejarse, pero no supo a dónde ir, sólo volvió a tener conciencia durante la noche cuando recordó al desconocido  fantasma.

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