México D.F. 25 de February de 2017 - 00:51

LA VIDA COMO ES…/ Aromas

Octavio_Raziel_

Mis muertos 

DE OCTAVIO RAZIEL. No me he integrado a los jalogüines y para mí es un deleite recordar a “mis muertos” a la mexicana.

La llegada de “los muertos” me permite remontarme a los años infantiles cuando, en la casa de la abuela, esperaba ansioso desde los preparativos, la montada del altar y, sobre todo, la desmontada del mismo que me permitía degustar diversos manjares.

Noviembre llega a los pueblos mexicanos con vientos que levantan polvos y paja de los campos. Las últimas cosechas de maíz y trigo dejan pelones los campos y sólo algunas blancas azucenas silvestres sobresalen en esas tierras dispuestas a descansar. Junto con las pizcas los pueblos se preparan para esperar a sus muertos.

A las casas llegaban –recuerdo – las molineras a depositar sobre el metate cacao que molían y molían, mientras un anafe con carbón ardiente calentaba la piedra desde abajo. Una pasta gruesa se iba formando mientras le añadían pizcas de azúcar y canela. Cuando estaba a punto la pasta, se hacían con las palmas de las manos pequeños cilindros que serían las tabletas de chocolate. ¡Ah, qué aroma!

Días antes se reunían los mayordomos y amigos en una “labranza”, que no era sino la fabricación de velas de cera virgen. Cada uno de los invitados llevaba pencas recién sacadas del panal. El aroma de la miel con el polen que aún contenían esas pencas daba un ambiente místico a la reunión. En el lugar reservado a los varones predominaba el olor a aguardiente curado de tejocotes secados al sol y que los invitados ingerían con singular alegría. El panteón tendría también ese aroma a cera pura y flores del campo cuando el pueblo entero fuera a rendir culto a sus muertos.

El día uno de noviembre estaba dedicado a los angelitos y el día dos a los mayores.  En el estado de Morelos se han inventado el día (28 de octubre) de los “matados”, esto es, los que fueron muertos violentamente; que esos abundan por aquí.

Los niños tenían en el altar dulces de todo tipo: calabaza en tacha, acitrones y jaleas de tejocote; todas ellas hechas con días de anticipación. La abuela, un par de días antes, había hervido los tejocotes para luego hacer una pasta que se volvería a hervir hasta que formaba espuma. Colaba ese espeso líquido en un cedazo de manta de cielo. Una y otra vez hasta que el resultado fuera un cristalino producto. Enfriado, se convertía en una jalea transparente, de un suave sabor y olor. Mientras, como patrona coordinaba a sus ayundantas que preparaban el rompope con yemas y alcohol de caña o los dulces de calabaza, acitrones y calaveritas de amaranto con el nombre de cada uno de los difuntitos.

Para los mayores abundaban las frutas de estación: cañas, mandarinas, jícamas y tejocotes, además de moles o el guisado que más gustara al difuntito. No faltaba el vino y el agua, que por la mañana amanecían disminuidos, pues habían venido a sorberlos por la noche las macabras visitas.

Desde lo lejos llegaba el olor a copal quemado en anafes y sahumerios de barro negro. Otras yerbas añadían más aromas que se prendían en la profundidad del olfato de quienes se acercaban. Docenas de flores de cempasúchil amarilleaban el altar. Salpicadas con el color blanco de las azucenas de campo que imprimían el singular aroma de estas flores.

Alrededor del altar, papel de china amarillo, blanco o rojo, con canillas recortadas cruzadas o formas de calaveras y catrinas. Esto enmarcaba a los retratos en blanco y negro o virados a sepia de quienes “se nos han adelantado” decían.

Desde el centro del patio se iniciaba el camino con pétalos para que los muertitos lo siguieran por el corredor posterior y la sala hasta el altar. Así, los difuntitos seguirían esa guía y no se perderían. Acompañaban el camino, en ocasiones, veladoras en botes de hoja de lata para que el viento no las apagara.

Todos esos aromas se quedan en la mente de los mexicanos que somos tan dados a recordar con todos los sentidos.

La muerte tiene sus aromas: azucenas, gardenias y nardos.

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