LIBROS DE AYER Y HOY/ La autosuficiencia del pueblo

Presentación de Tere Gil en la FUL

TERESA GIL. Estamos entrando en la etapa de la automanutención.  Un pueblo que se está manteniendo a sí mismo. Y no lo hace con los recursos públicos que le son propios. Lo hace con los exiguos recursos que recibe por su trabajo y sus servicios, los  que recicla para ayudar a los que no los tienen. Miles de personas sin empleo se están subsidiando con la ayuda callejera, la principal creadora de empleos en este momento. Lo hacen los que recolectan donativos en botes para la Cruz Roja, el Teletón, los que buscan apoyo para discapacitados, trabajadores en huelga, personas que solicitan ayuda para comprar medicamentos, gente que mendiga, etcétera. Hay situaciones apoyadas por la Secretaría del Trabajo, el INAPAM y por las propias organizaciones a las que pertenecen, como es el caso de los adultos mayores que participan en el llamado empacado voluntario. El asunto va más allá y sorprende que las instituciones no tomen en cuenta los millones que les están  ahorrado a las empresas -centenares en el país-, que se aprovechan de ese trabajo. Lo singular es que es el pueblo consumidor el que paga sus  servicios, a través de las propinas. Es cierto que los adultos, después de décadas de jornadas, quizá jubilados o pensionados, necesitan más recursos ante las exiguas pensiones, pero son las empresas las que salen ganando porque se ahorran sumas enormes con miles de manos de obra, muy eficaces por cierto, a las que además, utilizan para otros menesteres propios de las tiendas, el acarreo de carritos por ejemplo, la limpieza, etcétera. La situación de los cuidadores de carros en esas tiendas, es patético y no hay autoridad que intervenga. Ellos tienen que pagar para trabajar en los estacionamientos y recibir propinas. Estas las paga el consumidor, es decir, el pueblo. Y la tienda los utiliza además como mano de obra para pintar señalizaciones o para limpiar espacios. En un país con 40 por ciento de mano de obra desempleada, las empresas consideran esas ocupaciones como un regalo o concesión de su parte y las instituciones, como forma de resolver el urgente problema del desempleo. Los derechos laborales son letra muerta, ante un pueblo que se mantiene a sí mismo para sobrevivir. Explotada por todas las empresas en las que ha trabajado, la protagonista de Fea, la novela corta de Joyce Carol Oates, busca a todo trance congraciarse con sus empleadores para poder sobrevivir. Pero hay un mundo hostil que solo piensa  utilizarla; es una mujer fea y de cultura limitada a la que se margina a los peores trabajos. Parte de su salario lo completa con las propinas que recibe como mesera.  Lo justo para vivir. La escritora estadounidense de 78 años nacida en Nueva York, autora entre muchos de Confesiones de una chica de la banda y Blonde, que aborda la vida de Marilyn Monroe, acaba de ser nominada al Premio Nobel de literatura. Fue una de los intelectuales  que expresaron  comentarios agrios por el triunfo de Bob Dylan. En la obra mencionada  refrenda su escritura crítica a los entornos sociológicos de su país y aparte da a conocer una serie de relatos y novelas mínimas en su libro Infiel (Alfaguara 2010). Una de ellas es Fea, narrada en primera persona, que en determinado momento alienta la lectura cuando aparece un ente solidario. Se trata de un antiguo maestro, que pretende rescatarla del vacío en el que vive. Pero la paradoja de muchas personas que  prefieren seguir uncidas a sus explotadores, triunfa en este trabajo de Oates. Millones de mexicanos están en la misma situación.

laislaquebrillaba@yahoo.com.mx

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