LEYENDAS DE PUEBLA/ Casa de los enanos

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 10 de junio (entresemana.mx). En la avenida Juárez y la diecisiete  sur, se encuentra un inmueble que data de la época porfiriana de mil quinientos metros cuadrados de construcción, y claro como es de imaginarse, esta casa cuenta con  jardín muy  bello, sala, comedor, despacho, sala para fumar, cocina, despensa, tres recámaras, estudio y balcón, todo clásico que antes necesitaba una gran familia.

 

Destacaba la maxada, pieza dorada de la parte superior que sirve como techo, traída de Francia en una sola pieza previamente soldada, su primer dueño fue un comerciante italiano: Jean Carlo Giacopello en 1890. Posteriormente,  el español Rogelio Rodríguez, casado con doña María del Carmen  Jiménez, adquirió la vivienda.

 

A la casa no se puede ingresar sin autorización previa, según cuentan de los dueños, pero a simple vista no se ve a nadie y aunque pases horas enteras pegado al timbre, que no se sabe por qué está más bajo de lo que se acostumbra, junto con el visor y las chapas, no se abre la puerta. Lo curioso es que todos los accesos a la propiedad están bloqueados, puertas, ventanas y rejas tienen madera.

 

Lo único que se alcanza a mirar con facilidad es el jardín, el cual, sea la época del año que lo veas siempre está impecable, con árboles podados, las plantas cubiertas de flores y extravagantes, traídas de distintas partes del mundo y clasificadas en áreas. Algunas personas más dicen haber visto coches ingresando con los vidrios polarizados.

 

Es una certeza de que la casa está habitada, puesto que todo se encuentra en perfecto estado, dice la leyenda que ahí vive gente de baja estatura, ¿pero por qué tanto misterio?, es verdad o cual es la razón, por la que no contestan ni puedes ingresar, la historia cuenta que a la muerte de su esposo, doña Carmen se volvió una persona sumamente reservada y de pocas amistades.

 

No vio más a la familia de su marido, hasta su muerte en mil novecientos ochenta y ocho, siempre mantuvo a la misma servidumbre. Las fábricas que tenía como patrimonio fueron quebrando poco a poco, y los descendientes de la familia se fueron mudando de la casa hasta dejarla abandonada, solamente tenía una debilidad, le gustaba mucho el ámbito circense y cada que llegaba este espectáculo a la ciudad, ocupaba junto a sus sirvientes los primeros lugares, le llamaba mucho la atención, la gente menudita, ya que  por su propia condición soportaban toda clase de vejámenes, por ser tan débiles que se teme los derribe el más ligero soplo de viento.

 

Sin embargo, en las ferias, recitan con voz infantil o cascada, y con toda la gracia que pueden, algunos versos mal aprendidos, cuyo sentido no alcanzan, o bien, cantando con ficticia alegría, o con enérgica expresión, también fingida, algunas canciones pintorescas, con las cuales protesta su aspecto triste y doliente.

 

Esa función fue para Candelario y Arena, junto a sus pequeños retoños la salvación, llevaban  varios años asistiendo  a la ciudad a fin de presentar su espectáculo, pero ya no aguantaban las situaciones infrahumanas de las que eran objeto, pues en cada viaje eran llevados y traídos en cajas, de feria en feria y eso los deprimía mucho, no obstante como debían ganarse el pan de cada día soportaban el maltrato, aunque lloraban al ver a sus hijos en esas condiciones, pero el dueño del circo había pagado mucho dinero por la familia de enanitos y por supuesto que no estaba dispuesto a dejar ir su mejor inversión, pues eran el plato principal del espectáculo, tanto por la curiosidad como por sus actos.

 

Pero los enanitos no se amilanaban, y haciendo acopio de una gran fuerza interior, se enfrentaban valerosamente a los sinsabores que a diario les deparaba la vida. Poco a poco, estos extraordinarios hombrecillos fueron ganándose la confianza de doña Carmen, quien cada año en el cumpleaños de sus nietos, les ofrecía fuerte cantidad de dinero para que alegraran un poco su vida y la de los niños que asistían a su vivienda, haciéndose amigos sinceros, lo que al dueño del espectáculo no le gustaba mucho.

 

Así con el transcurso del tiempo y viendo siempre a su bienhechora en el circo, un día Candelario le arrojó un papel, donde le explicaba su situación y que quería dejar esa vida llena de atropellos de los niños que siempre los veían con morbo y de alguno que otro adulto, pero sobre todo le explicaba el maltrato que sufría junto con su familia.

 

Sin pensarlo, doña Carmen asintió y le dio orden a su nieto que esperara al enanito hasta que terminara la función para conducirlos con el mayor sigilo a su casa. Todos enterados, esa noche como siempre cada integrante de la familia acudió a su caja para que fueran resguardados hasta el amanecer, pero el más chiquito, pidió permiso para ir al baño, a lo que le dijo el cuidador que sí, sólo que cuando llegara le avisara para que ocupara su lugar, el nieto de doña Carmen se dio prisa para  abrir las demás cajas y liberar a la familia de Candelario.

 

Al notar que tardaba, el vigilante comenzó a gritar al niño y al no obtener respuesta, llamó a todos los artistas para que lo apoyaran en la búsqueda, mientras que la familia pequeña iba  rumbo a su liberación, pero doña Carmen sabría que sería el primer lugar de la ciudad donde buscarían a los enanitos, los escondió en el sótano,  y así fue, no bien acababa de llegar su nieto con Candelario y su familia cuando llamaron a la puerta, una empleada perfectamente uniformada llegó a la sala, adornada con ricos y hermosos tapetes, así como bellas pinturas, escoltada por elementos de la policía, la dueña sin perder su aplomo, hizo ademán que tomaran asiento y tras un intenso interrogatorio, sabían que no obtendrían algo positivo de su visita, se despidieron ya con el sol en lo alto. -Esta señora cree que me va a engañar, oficial, no se retire de esa esquina y cheque bien a toda la gente que entra-.

 

Con el correr del tiempo, el agente terminó por creer que  efectivamente  los enanitos habrían emigrado a otro lugar y siempre habían vigilado el lugar equivocado, porque por más que trataban de adivinar o ver no se veía nada anormal, lo que no sabían es que les habían hecho otra entrada por el lado del sótano y al ser tan pequeños, cabían por un agujero que habían hecho quitando unas piedras de la pared, y las cuales colocaban en su lugar, y en vez de pasar por el frente, se iban por atrás, por eso nunca los vieron los oficiales.

 

Nada más ajeno a la realidad, Candelario que se había especializado en carpintería, trabajaba en la noche en el jardín su casa y muebles pequeños para ellos, sillones, mesas y comedores para que vivieran tranquilos. Y como no falta la gente comunicativa, cuando alguien se asomaba y veía la casa chiquita, llamaba a la policía, porque la noticia de la huida de la gente pequeña fue conocida en toda la ciudad y le iban con la noticia al comandante, el cual presto se apersonaba en la casa y revisaba cada rincón, aunque siempre encontraba muchos niños jugando en cada habitación, por eso se  supone que existen pasadizos secretos, en los cuales se avisaba con el fin de que los niños llegaran rápidamente y no dieran con el paradero de la familia de cirqueros.

 

-Vemos que ha construido casas y todo tipo de inmuebles para niños o gente menuda, no cabe duda de que usted es cómplice de esos enanos- dijo burlonamente el representante de la justicia, pero entonces doña Carmen se encaró al comandante y le dijo, -mire oficial, yo puedo construir en mi jardín y en mi casa lo que quiera, y si a usted o a los vecinos no les gusta, no es mi problema, así que de favor le pido que no vuelva más por esta casa, y si quiere primero tendrá que avisarme con mucha anticipación y ya veré si le doy permiso de venir y entrar-.

 

A partir de ese momento, para evitar más intromisiones a su vivienda y estar a merced de la gente, se optó por cubrir balcones y puertas. Los años pasaron, y sólo quedó en pie la casa que preservaba el vago y ya muy lejano recuerdo de una familia de enanitos muy unida, que se enfrentó a la desgracia de no ser como los demás, pero que a pesar de tener muchas desventajas en su contra, supo salir adelante.

 

Cada vez que se pasa por el lugar es inevitable sentir la curiosidad por conocer los secretos que se encierran, pero entre más se sabe de esa casa. Más preguntas saltan a la mente.

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