LEYENDAS DE PUEBLA/ Broma macabra

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 24 de junio (entresemana.mx). Hace muchos años,  al sur del estado, en Izúcar de Matamoros, el clima es bastante caluroso, así que Fidencio Altolaguirre  invitó a un grupo de amigos a ir de excursión, ya que sus tíos tenían en las afueras del municipio una casa cerca del pantano. Para ir al pueblo tenías que seguir un camino de tierra durante cuatro kilómetros hasta llegar.

Yo entonces tenía veinte años. A mis amigos y a mí nos gustaba contemplar el municipio desde un mirador que había a quinientos metros escasos, es una vista perfecta, en la actualidad hay en ese lugar un gran hotel.  Como en la casa de noche nos aburríamos, familiares nos acercaban al pueblo en coche para que pasáramos allí unas horas conociendo lugares turísticos y sobre todo más gente. Era verano y las noches invitaban a pasarlas hablando y disfrutando de compañía.

Los chicos del pueblo al principio nos parecían muy fantasiosos o que nos querían meter miedo. Decían que algunas noches se oía el gemido de un niño pidiendo ayuda… pero no venía de ninguna parte, sino de todo el pueblo. Cada uno de los habitantes lo oía en su propia casa, en la calle, en la tienda, en el bar… partía de las paredes, del suelo… a veces incluso sentían un empujón violento que los lanzaba al suelo… Contaban que incluso una mujer embarazada perdió a su hijo en la plaza una tarde en la que se encontraba hablando con unas amigas al sentir que unas manos aprisionaban su vientre con tanta fuerza que la hizo abortar allí mismo. Ella estuvo a punto de morir y cuando se recuperó, se fueron del pueblo y no volvieron a saber nada de ella.

Les preguntamos que quién podría provocar esas cosas… y que después de lo de la mujer ¿cómo es que la gente no se va del pueblo también? Entonces nos contaron una historia y del por qué creen que “eso” atacó tan ferozmente a la mujer. Hacía unos diez años, unos jóvenes del pueblo decidieron irse una noche al pueblo vecino. Para ello tenían que atravesar un campo donde en uno de los laterales estaba el cementerio que compartían los dos municipios y que se hallaba justo a la mitad del camino.

Cuando ya estaban bien avanzados oyeron un crujido a sus espaldas. Era el hermano menor de uno de ellos. -Brandon ¿qué haces acá?, te dije que te quedaras en la casa, no es propio para ti salir a esta hora-. Le instaron a que se volviese a casa, pues no querían cargar con niños y éste se negó en rotundo, más que nada es que le daba miedo regresarse solo, -si no me dejas ir, le voy a decir a mamá que te sales todas las noches, ya sabes que se enoja que no cumplas sus órdenes-, “de acuerdo, ven, pero no me hago cargo si te espantas, debes de actuar como todo un hombrecito”.

Pero los adolescentes intercambiando miradas, no estaban dispuestos a perder su noche de parranda por el niño, entonces decidieron despistarle. Al llegar a la altura del cementerio dijeron que iban a jugar para esconderse de él. Como había luna llena se veía bastante bien, este chico aceptó sin sospechar nada… Ya en el cementerio, uno contaba y los demás se escondieron todos juntos, mientras el niño se escondía en otro lado pensando que todos estaban haciendo lo mismo.

Cuando ya le perdieron de vista, los muchachos se reunieron y salieron por una de las tapias dejando al infante escondido y contando, uno, dos, tres…. noventa y oooooochoooo, se escuchaba a lo lejos la voz infantil. No podían evitar reírse de lo fácil que había resultado engañarlo hasta que oyeron un grito desgarrador… Al principio pensaron que se trataba de una broma, hasta que al segundo grito reaccionaron y volvieron a entrar en el panteón… -Brandon, ¿dónde estás?, no te escondas, mira que nos van a regañar, ya salte, ya se terminó el juego-, pero nada, ni rastro.  Estuvieron buscando por todas partes pero no le encontraron, gritaron su nombre, dieron vueltas y más vueltas y no aparecía.

Al cabo de muchas horas, cuando ya despuntaba el alba decidieron buscar ayuda en el pueblo con la esperanza de que el pequeño les hubiese gastado una broma y se hubiese ido a casa. -Espero se haya ido a la casa, si no, imagínate la que se va a armar-.

Al llegar al pueblo, el hermano mayor, Gimeno fue a la habitación, Brandon no había dormido allí, la madre le preguntó por el pequeño y éste le tuvo que contar la verdad, “¿pero por qué te saliste, te he dicho que no salgas si no es con permiso, y si te ibas a llevar a tu hermano, debiste de tomarlo de la mano y cuidarlo siempre”.  La madre avisó al padre, al saber lo ocurrido se puso negro del coraje, pues era tranquilo pero una cosa así, lo había puesto todo lo contrario, así que pidió la ayuda  a todo el pueblo… Salieron todos en busca del infante al cementerio.

Cuando llegaron se dieron a la tarea de buscar tumba por tumba, por si estaba dormido en alguna, allí, uno de los vecinos descubrió con terror que el cuerpo del chico se encontraba en una de las fosas que acababan de abrir días antes…

El infante tenía la cabeza reventada, los huesos de las piernas y de los brazos retorcidos en una figura grotesca, los ojos cristalizados por el pánico y la boca en una mueca de absoluto terror…que había pasado, nadie se lo explicaba, no era posible que a un niño pequeño y frágil, acabara de ese modo, representando una figura demoniaca.

Fue un día malo  en todo el pueblo, nadie se explicaba lo que había ocurrido. Gimeno, con los años, fue internado en un psiquiátrico, puesto que decía que su hermano se estaba vengando de él, le veía en todas partes, le pegaba… Los médicos le diagnosticaron neurosis obsesiva postraumática, pero no podían explicar los continuos moratones que aparecían por todo su cuerpo, incluso en la cara…, unos decían que gritaba, -quítate Brandon, ya déjame en paz, y otra vez decía, ¿quién eres, qué  quieres de mí?, deja de molestarme, no quiero nada contigo-.

Al cabo de unos años, la madre de estos hermanos quedó embarazada… y a los siete meses le ocurrió lo que ya contaron antes: Algo había provocado la muerte de su bebé y quizás la suya de la que escapó por poco. Pues unas manos apretaban el vientre constantemente, hasta que provocó el aborto Los vecinos decían que los gritos que oían por las noches eran iguales que los que escucharon en el cementerio.

Atendiendo esta historia la verdad es que les creímos… habíamos pasado un buen rato de miedo y el familiar de nuestro amigo vendría pronto para llevarnos a casa…

Cuando íbamos hacia el coche, sentí un golpe fuerte en mi espalda que me obligó a apoyarme en mi prima de una forma violenta. Casi nos vamos los dos al suelo… Miré hacia atrás, pero los demás acompañantes estaban hablando entre ellos a unos tres metros de nosotros.

Fidencio dijo que me había tropezado. Mi prima, sin convencerse del todo, fue hacia los compañeros, cuando de repente volvió la cabeza bruscamente… Dijo que alguien la había abofeteado… y tenía marcada en la cara… una mano pequeña… -¿cómo te hiciste eso?, pregunté-, “quién sabe qué fue, mira, como me ha dejado, espero que con el maquillaje se quite”, -esperemos que sí-, pero fue al contrario, entre más se maquillaba, más se hacía visible.

Nos asustamos muchísimo… y empezamos a gritar… Los muchachos vinieron a auxiliarnos mientras  el tío de Fidencio abría el coche rápidamente para que entráramos. Los jóvenes hicieron una barrera con sus brazos protegiéndonos de lo que fuese y pudimos meternos en el auto.

 

Por el cristal pude ver cómo golpeaban algo invisible que les estaba atacando, se caían, o eran alzados en el aire por una fuerza o alguien. Fidencio condujo a gran velocidad. Al llegar a la casa llamó a su parentela y todos fueron al pueblo.

Los vecinos que habían ayudado se encontraban agotados por la lucha, con arañazos, golpes, algunos con fracturas… aturdidos dijeron que estaban acostumbrados, que no pasaba nada. Las agresiones en ese pueblo son esporádicas y no siempre a las mismas personas… pero ellos sienten que tienen que estar ahí para que ese niño que murió de forma tan violenta no esté solo. Y todo… gracias a una broma.

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