TRAVESÍA 230/ Bajo el volcán. Alcohol y literatura / Malcom Lowry

Roberto Fernández Iglesias*

(Compilación/Serafín Vázquez)

Puebla, Puebla, 12 de septiembre (entresemana.mx). Hace un tiempo tuve oportunidad de ver la película Volcano, un documental sobre la vida y la lenta muerte por alcoholismo del escritor inglés Malcolm Lowry. A una bella fotografía del paisaje y algunos lugares, sobre todo cantinas, de Cuernavaca, ciudad donde, se sitúa la acción de la principal y prácticamente única obra de este autor: Bajo el Volcán; se une un estudio casi detectivesco de los detalles que llevaron a este hombre a ser escritor y a suicidarse a paso de copas. Al final de la proyección me apareció una pregunta que todavía sirve para inquietarme: ¿Vale la pena tanta infelicidad para poder tener una obra maestra? ¿Es necesario que un hombre se destruya para que los demás disfrutemos de lo que él ha producido?

Me gustaría inscribirme en la lista de quienes piensan que el día que el hombre viva en la utopía no tendrá necesidad de arte, el mejor arte será la vida misma. Eso tardará mucho en llegar pues primero deberán desaparecer las clases con sus luchas y después, ya lo profetizó Mao, seguirá el combate de lo nuevo contra lo viejo. Por lo menos eso.

Mientras tanto, el hombre se desquita con el arte que es, en todos los casos que conozco, un producto de la impotencia disfrazada del hombre, es decir, de su imperfección. No me atreveré a afirmar qué será en el futuro: hoy hace arte porque necesita llenar un vacío o conseguir algo: real o ilusoriamente. De ahí la tesis de que los artistas producen porque son más infelices que el promedio humano. Idea que se completa con la proposición de que hay que ser infeliz para ser artista. Todo un libro escribió Walter Muschg con el nombre muy descriptivo de Historia trágica de la literatura.

Lo que me parece bien es la línea de quienes creen que es necesario hacerse infeliz desde afuera para producir artísticamente. Como si no hubiesen bastantes problemas reales del individuo y la colectividad a los cuales enfrentarse, se inventan alguno. La línea falsa surge de la imitación de: si Rubén Darío fue un sediento irredimible, para ser un poeta de su dimensión hay que beber de la misma manera. Invierten el mecanismo de Darío. Rubén bebía por superar su angustia, bien hubiera dejado de beber y de escribir, pero no podía suspender ninguna de la dos cosas, en ellas se apoyaban como en muletas para caminar en la vida.

Otros, como Malcolm Lowry, son más destructivos. No pueden ni completar una obra o la terminan a duras penas. Es el caso de Bajo el volcán, terminada porque sí, a empujones del editor, entre otros. Lowry quería autodestruirse como lo busca Geoffrey Firmin, el cónsul británico en Quauhnáhuac, personaje central de su única novela. Al final, ambos lo consiguen, aunque en el caso del novelista una investigación legal haya declarado lo contrario.

Es posible que todos estos escritores hubieran dejado la literatura y todo lo demás por un poco de tranquilidad de vida diaria, de cotidianidad compartida. Cosas bien difíciles de conseguir en la carrera de las ratas, en la lucha por el poder, en la lucha por conservar la lucidez, en la pelea por sobrevivir, en la lucha por la lucha misma que es el colmo de la enajenación del hombre contemporáneo.

El alcoholismo de muchos escritores proviene de la esterilidad de la vida que nos venden, como pudiera haber dicho Lowry. En otros, proviene de la llana imitación: Para ser escritores hay que beber. Cuántos no quieren inscribirse en una bohemia ya desaparecida porque creen que eso es lo que hay, sin saber que para escribir en serio y en forma se requiere de una condición y vigor físico muy lejanos a la debilidad que produce el violento consumo de alcohol. Olvidan que para escribir como un león hay que vivir como un cordero, frase que se atribuye a Flaubert y que gusta de citar el maldito puritano llamado Henry Miller.

En esa ruta muchos otros jóvenes se hacen consumidores de drogas estupefacientes. Ia pregunta es si se puede producir literatura o cualquiera de las artes sin esa tensión entre hombre y realidad estupidizante que lo rodea. Una vez tomada conciencia de los hechos es imposible retroceder. Al entrar al arte hay que dejar toda esperanza. Pero es el arte lo que nos equilibra, lo que nos ayuda. Con él descubrimos muchos de los mundos que se esconden en éste que vivimos.

Lo que no podemos aceptar es el uso de varias y falsas muletas: el arte debe bastar. Es una muleta real y construye. En cambio, el alcohol destruye. No hay nada que deba permitir que se destruya una vida humana. No hay obra de arte que valga la vida y la alegría de su autor o del más humilde de sus espectadores. La principal obra de arte es la vida. Vivir es un arte difícil. Debería enseñarse en la escuela como no se hace ahora.

 

* Artículo del libro:

Literatura y Realidad

Roberto Fernández Iglesias

Universidad Autónoma del Estado de México

México, 1981

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