LÉCTURAS CON PÁTINA/ Fiestas patrias: ¿Quién es el señor López?

 

Para Norma Vázquez Alanís, mi esposa, por haber cumplido en junio pasado cuatro décadas de quehacer periodístico

JOSÉ ANTONIO ASPIROS VILLAGÓMEZ. El título de este comentario nada tiene que ver con la serie de documentales del mismo nombre que produjo hace unos años el cineasta Luis Mandoki, relativos al hoy presidente electo de México Andrés Manuel López Obrador. Tampoco con otros presidentes como Antonio López de Santa Anna, Adolfo López Mateos o José López Portillo.

Se refiere a la novela Los pasos de López, donde su autor Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) narra con nombres ficticios de lugares y personajes, el inicio de la guerra de Independencia en México desde que se preparaban los conspiradores, hasta la muerte del caudillo que, en la obra, es un cura de apellido Periñón y en su estandarte está la imagen de la Virgen Prieta.

Es este un relato lineal, en primera persona y en un lenguaje sencillo, del teniente artillero realista Matías Chandón, quien fue invitado por el corregidor de Cañada, Diego Aquino, a sumarse a la causa independentista por ser “uno de los nuestros”: un criollo sin mayor porvenir.

En vísperas del último Grito desde el Palacio Nacional por parte del presidente Enrique Peña Nieto, es pertinente comentar cómo en su novela Ibargüengoitia describe las vicisitudes de la epopeya libertaria, al menos de manera imaginaria, pero con cierto apego a lo que Vicente Riva Palacio escribió en su célebre obra México a través de los siglos.

Es necesario hacer un paréntesis para festinar que la editorial Joaquín Mortiz, que ya no pertenece a los descendientes de su fundador, don Joaquín Díez Canedo, reeditó en 2018 esta y otras novelas del malogrado escritor guanajuatense, quien murió en un accidente aéreo en Madrid.

En Los pasos de López encontramos tanto la fantasía del autor como el parecido con los hechos reales que exige una novela histórica, y así en voz de su protagonista narrador inventa diálogos, describe puntillosamente escenarios y hasta la orografía del terreno, detalla el reclutamiento de combatientes, las estrategias para la guerra y el acopio previo de armamento incluido un cañón hecho con el metal fundido de cinco campanas y bautizado como ‘El Niño’. Y sepultan a sus muertos: “el entierro es la parte más terrible de la victoria”.

Recrea episodios donde es declarada la Independencia y abolida la esclavitud; los insurgentes combaten, saquean, sacan a los presos de las cárceles y mueren o desertan, mientras el cura Periñón se muestra liberal y permisivo. Aparte de que, en la sierra de Güemes, se encuentran con un bandido apodado El Patotas, quien trae un trapo amarrado en la cabeza -tipo Morelos- y aparecerá de manera recurrente en el relato.

Cuando los corregidores se enteran que la conspiración ha sido delatada, ante los titubeos de Diego -un enfermo que solía trabarse y a quien Periñón llamó después “pusilánime”- y luego de discutir con él, la corregidora Carmelita toma el mando. Le pide a Matías llevar la noticia al cura Periñón y este da el Grito de Ajetreo. En este momento de su relato, Chandón considera que debe “precisar algunos puntos que la leyenda ha borroneado”, y lo hace.

Se refiere también a los errores cometidos, las victorias, los excesos y los avances territoriales, y justifica la sorpresiva y fatal decisión del caudillo –“el error más grande de la campaña”- de regresar los pasos andados, después de la victoria en el cerro “de los Tostones” -o de las Cruces en los hechos reales- a las puertas de la Ciudad de México.

Por cierto, dice Riva Palacio en México a través de los siglos que, en esa ocasión, Agustín de Iturbide fue uno de quienes sobrevivieron a la derrota realista y al regresar a la capital fue ascendido a capitán. Antes, en Valladolid, había rechazado la oferta de Miguel Hidalgo de integrarse a los insurgentes como teniente general.

¿Y López? Aparece a media novela cuando, en una parranda, las chicas de la casa de la tía Mela se hincan y le besan la mano. Nada más, por lo pronto.

Desde luego, la novela menciona la excomunión dictada contra los insurgentes y quienes les ayudaran, por parte del obispo Begonia, quien según la historia fue el de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, si bien -otra vez recurrimos a Riva palacio- su sustituto, el canónigo conde de Sierra Gorda, “levantó el anatema” y ordenó quitar las tablillas donde se proclamaba.

Un traidor llamado Adarviles en Los pasos de López fue el Judas del episodio donde los citó en la hacienda de Ojo Seco y, aun cuando ya lo sospechaban Periñón, Ontananza y Aldaco -los caudillos de la conjura cuyo ejército se había desintegrado-, aceptaron caer en la trampa pues, como mencionó el cura de Ajetreo, “ya quiero que acabe pronto esta historia”. Chandón, por su parte, se separó previamente de ellos y no volvió a verlos, pero siguió con el relato.

Fueron detenidos, juzgados y ejecutados. Acusado de 26 delitos civiles y 32 eclesiásticos, el juicio de Periñón duró seis meses porque se negaba a firmar su acto de contrición. Al final se burló de sus jueces, según se descubrió 16 años después. En México a través de los siglos leímos que Hidalgo no culpó a nadie; “asumió todas su responsabilidades y, aparentemente, se arrepintió de sus actos”.

Ahí se desvela parte del misterio. Usted que leyó la novela de Jorge Ibargüengoitia publicada originalmente en 1981, sabe bien quién fue el señor López.

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