TRAVESÍA 234/ La irreverente Poesía de Delfino

 

>> Ficciones y poemas/ Delfino Fernández Flores

Luis Raúl Hernández Soriano

Puebla, Puebla, 14 de octubre (entresemana.mx). Delfino es un escritor de cronopios, seres verdes, húmedos, irreverentes e independientes, en una ciudad que alguna vez fue conservadora, hoy con estos jóvenes escritores irreverentes, la ciudad se muestra con cierta libertad que busca sanar épocas de conservadurismo.

Delfino Fernández Flores nació el 18 de julio de 1960 en la ciudad de Puebla de Zaragoza. Cursó estudios en la escuela Primaria Gabino Barreda y en la Secundaria Renacimiento. Participó en el taller de creación literaria de Ricardo Hernández Echavarri. Obtuvo el segundo lugar de cuento en la BUAP.

Delfino vive inmerso en el mundo cultural de la información  y tiene un kiosco en una esquina del zócalo de la colonial Puebla, donde comercializa periódicos, libros, revistas, cómics…

Es un voraz lector de cuento, novela y poesía fantástica, mágica y maquiavélica, y lógico, escribe poesía y cuento.

Sus escritores favoritos son Charles Bukowski, Ray Bradbury y Pablo Ramos.

En su poesía, en sus pequeñas historias-poema, se refleja la influencia de la vida cotidiana, de una ciudad que pese a todo conservadora crece a pasos agigantados de la mano de la actualidad. Con los conflictos humanos de seres que se mezclan, en una sociedad que cada día se cambia y se enfrenta a una indeseable modernidad.

 

Ficciones y poemas / Delfino Fernández Flores

 

Cuchillito

Sólo tú sabes que mamá nunca murió de manera natural, sino de forma obligada después de la golpiza que le proporcionara papá.

Y, antes que nada, salvó todo con un supuesto asalto.

Pero es todo lo que debemos saber. ¿Verdad cuchillito? Porque él toma demasiado y la llama.

Hoy lo mandamos con mamá. Pero no hará falta decir asalto u otro invento, basta con decir la verdad, pues al fin y al cabo no puedo hacerme cargo de mí.

Lo que voy a extrañar es a ti, cuchillito, gracias.

Me he sentido bien o más seguro mientras has estado conmigo, pero shh, es hora, no me falles.

 

Decreto

 

Las evidencias del milagro siempre dejan a uno tembloroso y es que el poder de la fe siempre es un misterio.

Por ejemplo, ayer me quedé sin quincena porque a alguien de la familia se le ocurre enfermarse, cuando se sabe que en esta época está prohibido hacerlo, pero en fin, la quincena cambió de manos.

Pero gracias a papá, que es todo un pastor consumado en estos menesteres de milagros instantáneos o inmediatos; aplicamos un decreto que él nos enseñó cuando hay alguna emergencia y hoy es un día de emergencia.

El decreto es fácil y consiste en decirlo con fe y convicción: “suelta lo que traigas hijo de la chingada”. Y el Dios Colt apuntando en cualquier parte del sujeto, obra el milagro.

 

El Plan

 

Me llamó el presidente municipal para decirme un plan; “Mire, cabo a mí me gusta ver los pies de las mujeres; es algo que traigo en las venas, así que les cobraremos impuestos a las mujeres que usen zapatos y matamos dos pájaros de un tiro, mi cabo.

Nos haremos de unos centavos que buena falta hace y empezará a gozar un bonito espectáculo, mi cabo”.

Y dio resultado, los centavos iban llenando nuestros bolsillos. Y nos llevábamos el trabajo al café, y con los ojos o con el codo llamaba mi atención para que viera los vaivenes de caderas.

“No se lo dije cabo, ¡Un bonito espectáculo!”

Un espectáculo que no duró mucho, ellas aprendieron a volar.

 

POEMAS

 

Libélulas

La luna está a salvo (dice Lucía) y me da la  mitad

Una ola sonriente nos ausenta

Su mordida es suave, una noche y otra

apagamos luceros con la boca.

 

Bajo nuestros pies

caracolas se adhieren a sus ventanas.

Cuervos atrapados en jaulas de hueso

graznan nuestros nombres.

 

Nadie los oye.

Nadie nos alcanza.

Nadie nos ve.

Salvo las libélulas

ojos de Dios ¿ocasionales?

 

Martha

 

Un corazón vengado duerme mejor,

eso lo sabe Martha,

que aprendió a caer de pie como los gatos.

Y ni terapeutas ni santos ni meditaciones

callan voces como el trueno de una bala

en dirección a la frente de un santo,

¿boleto para el infierno? ¿Condena eterna?

Ja, piensa Martha, más bien boleto de salida.

Y los faros de su auto

le guían al escape en una noche obscura.

 

Podemos acompañarle.

Me reuní con Claudia

y es que soy una especie de terapeuta

por no decir, paño de lágrimas.

El café se enfría, puedo notarlo,

tengo mejoras, me actualizo con cada sesión.

 

Ja, ella llora y me ve borroso;

vengo preparado, le doy un kleenex,

me habla de Mario y pregunta

si habrá alguien que la llegue a amar.

Mis pupilas crecen, eres hermosa

se lo digo con los ojos, lo nota,

mi mano se ha humedecido

y con un temblor perceptible tomo su mano,

ella ve por la ventana, han pasado dos horas,

mira su reloj y dice: es hora de irnos.

 

Afuera le pongo mi saco

y la llevo abrazada hasta su casa.

 

En la puerta de su casa,

saca su tarjeta de crédito y la pasa por mis ojos

y un ticket sale del bolsillo de mi saco.

Adiós Claudia.

Mi GPS me lleva en una dirección nueva,

“Norma, cómo has estado”.

 

Escrituras sagradas

 

Arde mi techo y mis manos

que son puro carbón,

borronean papeles.

Abro una nueva página

en coma, en cama.

Juego con lumbre y en mi pequeña ventana

te asomas en azul.

Cruzó a nado mi pecera de fuego

que conserva un pulpo de polvo

Pequeños fuegos giran en manos morenas

que roban paisajes a miedos pequeños

¿Puedes creerlo?

se pierde el control.

 

Y… heme aquí, a media migración,

cansado de seguir y con ganas de perderme

en las manos morenas

en los paisajes que roban.

 

Ojos

 

Diminutos soles conjuran tormentas,

encarcelan nubes hinchadas de orquídeas;

Venus saca de paseo al sol

y mi ventana es testigo,

Olga se repite en sepia:

Dios bendice la enésima muerte de sus peces,

mi sombra de hojalata raspa el piso,

una banda de grillos, sin permiso,

arrulla gatos rutinarios,

el cielo cede dos pulgadas y se escapan;

una hoguera de Río y un pulsar en extinción,

mi plumilla bebe tinta del rabillo de su ojo

e inunda con finas tormentas

los patios de mi diario.

 

Sus ojos-margarita hielan fresas

Y mi muerte, de envidia es,

cuando desaparece tras persianas de agua

Sus ocasos se acuestan en mis rodillas.

 

Mi piano tira notas para sus pies pequeños,

Mientras Ella llueve en ciudades-niebla

infiernos tenues, como luz de patio.

 

Con las nubes hinchadas de roturas

y a punto de desfondarse.

Anoto en un viejo diario:

lluvias leves por la tarde con tormentas nocturnas.

Y al volante de mi tiovivo

una mujer maleante sonríe

y se muerde los labios,

confía en la tibieza de sus muslos.

 

Rutas lejos de mí

haciéndose cargo de lo cotidiano

porque hace tiempo

soy una iglesia infestada de vagabundos.

Hace tiempo que la geografía cambió,

dice Lucía y canta en voz baja y sibilina:

“ amo la vida nocturna”.

Y yo bostezo como gato perezoso,

pues las tabletas trazan un viaje placentero

dejando la nube lejos, retardando la tormenta.

 

Nostalgia I

 

¡Ay! Cómo amo el beso lascivo

de mi borracha novia

y dormir en sillones guindas

flotar

Ver en el fondo, de una botella, la mar

Y olvidar grilletes, barrancas, peste.

 

Sólo bésame frente a la ventana,

veamos la mar

 

Nostalgia II

 

¡Ay¡ como extraño el lascivo beso

de mi borracha novia

con las venas hinchadas acabar

y dormir sobre izadas anclas,

en su sillón guinda dormito

 

mientras ella da cuenta

de los restos de la botella.

Pero no te pongas triste, cariño,

en una pocilga vivimos

con vista al desfiladero.

 

El mundo es un anillo a la medida,

no pienses que es un grillete.

 

Solo bésame frente a la ventana

dame equilibrio,

quiero ver el mar.

 

Soledad

 

Un Dios recoge sus milagros y los guarda en una bodega,

se lava las manos y toma un colectivo.

Johana guarda deseos en una carta

y fuma cigarrillos de grosella,

afuera llueve

y un pez beta morado se recuesta

y cuenta miles de historias que han de vivir otros cuentos,

otros cuando muera.

Seis gatos apuestan su última vida,

un hijo preguntando para tomar norte

mientras la madre tararea una canción

que de vieja se renueva en otra voz,

como la ropa que tiñe para estrenar nuevamente,

mientras un grifo díscolo se burla con gorgoteos

y atrás se encuentra el paraíso que se guarda el sol

y continuamente se lava en sal.

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