Los jóvenes, protagonistas en la Iglesia. ¿Es posible?

 El Papa Francisco bendice a un joven antes del comienzo de una sesión del Sínodo de los obispos sobre los jóvenes. Foto: CNS

 

Andrés Beltramo Álvarez/ (Alfa y Omega/Madrid)

El Sínodo no es un parlamento, sino «un espacio protegido» para dejar que el Espíritu actúe. Este es el convencimiento del Papa. La Iglesia –ha advertido– «está llena de documentos». El impacto real de esta reflexión colectiva deberá notarse en una verdadera transformación de los corazones. Más allá de los debates internos sobre algunos puntos del documento final, el reto ahora es una renovación que dé voz en la Iglesia a los jóvenes –y en especial, a las mujeres–, en un contexto en el que «un número consistente de jóvenes no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia», sino que, más bien, «piden expresamente ser dejados en paz, porque sienten su presencia como fastidiosa o, incluso, irritante»

Ciudad del Vaticano, 1 de noviembre (AlfayOmega/entresemana.mx). «Estoy contento con el Sínodo, trabajamos mucho y salió muy bien». Con esas palabras, el Pontífice confesó su satisfacción pocas horas antes de la clausura de la asamblea de obispos, en un mensaje mandado a una persona de confianza. Llegaban a su fin 25 días de debates en el Aula Nueva del Sínodo, con el lema Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Un encuentro rodeado de mucha menos polémica que sus antecesores, los sínodos sobre la familia de 2014 y 2015.

No obstante, sí hubo aspectos discutidos esta vez: los abusos, el rol de la mujer y el trato con los homosexuales, entre otros. En ellos se centró buena parte de la cobertura de la prensa internacional, trasladando una idea distorsionada de lo que ocurría puertas adentro. Tanto que el cardenal alemán Reinhard Marx, arzobispo de Múnich y Freising, aclaró durante una conferencia de prensa: «Este no es un Sínodo sobre la homosexualidad».

Los párrafos del documento final que incluyen esos temas delicados son apenas seis. Algunos de los 249 padres sinodales presentes al momento de la votación (de los 268 con derecho) no estaban de acuerdo con la formulación de estos puntos. Por eso votaron en contra. Por ejemplo el párrafo 150, dedicado al reconocimiento de las personas con ciertas «inclinaciones sexuales» y su acogida en la Iglesia cosechó 178 votos a favor y 65 en contra. Igualmente quedó aprobado por las dos terceras partes del cuerpo electoral, establecidas en 166.

En ese apartado, los obispos renovaron el compromiso de la Iglesia «contra todo tipo de discriminación y violencia sobre una base sexual», calificaron de «reductivo» el definir la identidad de las personas a partir de «su orientación sexual» y animaron a fortalecer los itinerarios ya existentes para que estas personas puedan «adherir con libertad y responsabilidad a la propia llamada bautismal, a reconocer el deseo de pertenecer y contribuir a la vida de la comunidad, a discernir las mejores formas para realizarlo».

Más allá de estas oposiciones, el mensaje de acogida quedó intacto. Fue aprobado por mayoría cualificada, al igual que el resto del documento. Por eso, resulta significativo que el Sínodo haya dado un mensaje neto y sin ambages sobre el «rol insustituible» que desempeñan muchas mujeres en las comunidades cristianas. El artículo 55 del documento lamenta que permanezcan alejadas de los procesos de decisión en diversos ámbitos de la Iglesia, incluso cuando los puestos no exigen específicas responsabilidades ministeriales.

El texto advierte de la «urgencia de un ineludible cambio», porque la ausencia de la mirada femenina empobrece el camino de la Iglesia. Mientras, en el párrafo 148 pide una «valiente conversión cultural» y un «cambio en la práctica pastoral cotidiana», para asegurar esa presencia en los órganos eclesiales a todos los niveles.

«Se trata de un deber de justicia que encuentra inspiración tanto en el modo en que Jesús se relación con hombres y mujeres de su tiempo, cuanto en la importancia del rol de algunas figuras femeninas en la Biblia, en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia», prosigue el documento.

Estas palabras resumen un clamor escuchado con insistencia dentro y fuera del Sínodo. Unas 38 mujeres tomaron parte de la reunión. Ocho de ellas religiosas, el resto jóvenes oyentes o especialistas. Pero ninguna tuvo derecho a votar el documento, por la estructura misma de la asamblea. Un «derecho al voto» reclamado por un activo grupo, que al inicio del encuentro protagonizó una ruidosa expresión callejera. No superaban más de 20 personas, pero pedían a voz en grito: «¡Dejen a las mujeres votar!». Una solicitud que no pasó desapercibida.

Los abusos en la Iglesia fue otro aspecto delicado. El texto conclusivo, de 55 páginas, le dedica tres párrafos. Entre otras cosas pide la adopción de «rigurosas medidas de prevención» y erradicar la forma de ejercicio de autoridad que alimenta la falta de transparencia, además de agradecer la valentía de quienes han decidido denunciar este mal, porque han ayudado a la Iglesia a tomar conciencia de lo ocurrido y a reaccionar. «El Sínodo reconoce que afrontar la cuestión de los abusos, también con la preciosa ayuda de los jóvenes, puede ser de verdad la oportunidad para una reforma profunda», pondera el documento.

Era previsible que estos tres temas manifestaran diversidad en los puntos de vista. Menos previsibles resultaron los votos contrarios a otro puñado de números del texto final. Se trata de todos aquellos apartados que hablan de la «sinodalidad» en la Iglesia. Un grupo de obispos no estuvo de acuerdo en el formato del Sínodo ni en la necesidad de impulsar procesos de discernimiento, personal o comunitario. Tampoco se mostraron favorables a la petición de los jóvenes de «caminar juntos». Un resultado sugestivo. Como si existiese una oposición, minoritaria pero presente, a una mirada fundamental para la Iglesia de hoy, cuyo principal exponente es el mismo Papa Francisco.

El Papa Francisco bendice a un joven antes del comienzo de una sesión del Sínodo de los obispos sobre los jóvenes. Foto: CNS

Escuchar a los jóvenes

Finalmente, muchos otros aspectos que tocan la vida diaria de los jóvenes fueron incluidos en el documento y aprobados por una gran mayoría: la necesidad de escuchar a los jóvenes, la exclusión que viven muchos de ellos, el impacto de la «colonización cultural», el desafío del «ambiente digital», la tragedia de los emigrantes en el mundo, la importancia de las relaciones en la familia, la violencia y las persecuciones, la experiencia del sufrimiento, el compromiso y la participación social y el deseo de una comunidad eclesial «más auténtica y profética», entre otros.

El reto pasa por dar un nuevo protagonismo a los jóvenes. No como resultado de una deliberación democrática, sino como parte de una convicción fundamental. Porque, como el Papa subraya, «Dios es joven». Y el mismo Sínodo lo constata en su documento final: «Un número consistente de jóvenes no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia». Y apunta: «Algunos, de hecho, piden expresamente ser dejados en paz, porque sienten su presencia como fastidiosa o, incluso, irritante. Tal solicitud, a menudo no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que tiene sus raíces en razones serias y respetables».

Un desafío que la asamblea sinodal afrontó con gran realismo, en un texto final que no evade problemas y no se esconde detrás de formulaciones doctrinalistas. De todas maneras, Francisco aclaró que el resultado del Sínodo no es el texto en sí, porque la Iglesia «está llena de documentos». El impacto real de esta reflexión colectiva deberá notarse en una verdadera transformación de los corazones.

Así lo resumió el Papa en la homilía de la Misa de clausura, la mañana del domingo 28 de octubre en la basílica de San Pedro. «La fe pasa por la vida», dijo. Una fe hecha vida. Porque «cuando la fe se concentra exclusivamente en las formulaciones doctrinales, se corre el riesgo de hablar solo a la cabeza, sin tocar el corazón. Cuando se concentra solo en el hacer, corre el riesgo de convertirse en moralismo y de reducirse a lo social», siguió.

«La fe, en cambio, es vida: es vivir el amor de Dios que ha cambiado nuestra existencia. No podemos ser doctrinalistas o activistas; estamos llamados a realizar la obra de Dios al modo de Dios, en la proximidad: unidos a Él, en comunión entre nosotros, cercanos a nuestros hermanos. Proximidad: aquí está el secreto para transmitir el corazón de la fe».

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