LA COSTUMBRE DEL PODER/ La muerte adquirió carta de naturalización II/II

 

*¿Alcanza la regeneración nacional para, al menos, poner orden y colocar los cimientos de la IV República, o de plano olvidamos las promesas de AMLO?

GREGORIO ORTEGA MOLINA. El sincretismo entre lo católico y el panteón de deidades mesoamericanas se mostró incapaz de modificar la relación de los mexicanos con la muerte. La disfrazó, pero permanece y es más cercana y sincera de lo que narran los guionistas de Walt Disney en Coco.

Mientras a los anglosajones dejó de importarles la vida y el destino de las razas originarias de América del Norte, a los españoles -en medio de la crueldad de la encomienda- los agobió la conciencia, lo que resultó en la hipocresía característica de criollos y mestizos. La manera en que miramos a la muerte es idéntica al modo en que observamos la corrupción, la violencia y la impunidad. Es la liberación al extremo, sin importar el resultado anímico ni las consecuencias sociales.

Así como las libertades en las preferencias sexuales abrieron los clósets, la globalización anuló los secretos -o al menos discretas actitudes- de nuestros comportamientos en otros ámbitos. Casi cuatro asesinados, ejecutados o victimizados por la violencia cada hora. Es, ya, la cohabitación con la muerte.

Nos da cuenta El País de que “la cantidad de casos repercute, a su vez, en la calidad del trabajo de los peritos (forenses), que tampoco tienen tiempo para recibir cursos de actualización sobre las últimas innovaciones en ese campo. Recién graduada, Ana Karen Martínez trabaja en la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de Ciudad de México, encargada de apoyar a las víctimas durante investigaciones que a menudo están plagadas de fallos en la recolección de indicios -la probabilidad de que un delito sea resuelto es tan solo de 0.9%, según la ONG Impunidad Cero. Hay una falta de debida diligencia cuando se investiga un crimen y también falta capacitación para tratar a las víctimas”, asegura Martínez, y dice comprender que el personal no da abasto”.

En número  redondos es muy posible que 2018 cierre con 36 mil muertes violentas, y sólo tiene un significado: el incumplimiento del gobierno en su mandato constitucional, lo que se traduce en enormes ausencias del Estado en amplias zonas del territorio nacional; de inmediato requiere que nos preguntemos si la regeneración nacional alcanza para, al menos, poner orden y colocar los cimientos de la IV República, o de plano olvidamos las promesas de AMLO.

Empezará a añorarse la posibilidad de fallecer en la cama.

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