EL OTRO DATO/ El poder y el dinero

JUAN CHÁVEZ. José Alfredo Jiménez lo cantó… “dinero maldito que nada vales”. Pero que para el poder político, con todo y ser maldito, es el que le da competencia contra el poder económico, dueño de todos los dineros.

Por eso los políticos lo buscan y no lo consiguen a rajatabla. Existen uno y mil métodos para llenar de billetes su charola y seguirle igual al día siguiente.

En muchos casos, son sus segundos los que le entran al “entre” y rinden cuentas a su jefe, que les deja una limosna de propinacha.

Es usual en la política mexicana, la de altos vuelos, signar los contratos de obras o de servicios con un buen “moche”. Eso es lo más usual… y ni quien tosa.

¿Será igual con el tabasqueño en la Presidencia?

Déjeme recordar que hace poco pintó al órgano de transparencia como inútil. “Ganan mucho y no hacen nada”, declaró.

Así la ve él que a lo mejor va hacer un juego de balero a su mentada austeridad y al consabido y asignado salario presidencial de 108 mil pesos al mes.

En mi entrega de ayer escribía que un presidente no gasta un centavo para nada. Todo se lo paga la nación, el sufrido pueblo que cotidianamente se cae con sus impuestos y además declarar, vía declaración mensual al SAT, qué hace con su dinero.

El poder del dinero dobla a medio mundo y prostituye a la política.

Herman Heller consagró su obra a definir el Poder del Estado y conceptualizó al poder como eje en donde gira toda la vida política.

El austriaco no tocó para nade el poder del dinero. Aunque de rozón con su teoría sobre el voluntarismo político bien pudo estar postulando la necesidad, si así se quiere llamar, de que el gobernante, para conseguir la obediencia de sus gobernados, debe tener plata en los bolsillos.

Tuve la fortuna de cubrir la última gira que como presidente de la República, hizo Adolfo Ruiz Cortines el 28 de noviembre de 1958.

Esa gira fue a Tuxtepec, Oaxaca, para inaugurar la fábrica de papel que supuestamente sustituiría a la empresa paraestatal importadora del papel para los periódicos. Fui testigo del rollo de billetes de 50 pesos que el mandatario extrajo de la bolsa derecha trasera de su pantalón y jaló uno para dárselo de propina al lanchero al concluir el cruce del río Tuxtepec.

–Toma, Pancho, le dijo al lanchero. Para que le compres algo a tú esposa.

Luego me tomó del brazo y caminamos buen trecho, que aproveché para recriminarle al mandatario.

–La propina es indignante, señor Presidente, le espeté. Además, constituye fraude fiscal, dado que no paga impuestos. Es preferible que el trabajador gane bien y que tenga mejores prestaciones.

–Tienes razón, me respondió. Pero me lo hubieras dicho antes, no ahora que entregó el poder dentro de dos días.

La cuestión es que le ví gastar, lo que no observé con Adolfo López Mateos, ni Gustavo Díaz Ordaz ni Luis  Echeverría, cuyos sexenios cubrí como reportero de la “fuente”.

Estamos a 20 días del cambio del poder. Llegamos al 1 de diciembre con un López Obrador que empezó a gobernar el mismísimo 1 de julio… y que ya emprendió el vuelo a “su” gloria. Va a salir de San Lázaro, con la banda presidencial ya en su pecho, para sumirse en la multitud que lo glorificará como su Mesías.

Regresa el paseo presidencial de San Lázaro a Palacio Nacional. Volverá la lluvia de papel picado de los colores patrios que cae del cielo, arrojada sobre el presidente López Obrador desde azoteas y balcones.

Empezaremos, de nuevo, por lo que ya había quedado atrás.

Optimista, espero que el Diablo no meta la cola y despierte la codicia por el dinero en la nueva clase política que acompañará a López en su gobierno.

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