LEYENDAS DE PUEBLA/ La señal

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 06 de enero (entresemana.mx). En los inicios del siglo veinte, antes de la Revolución mexicana y terminado el relato de la historia general del seminario menor de la orden mercedaria, fray Odilón Sangenis sigue guiándonos por el extenso claustro en cuyas paredes blancas, como significativas reminiscencias de historias que pasaron y de vidas que fueron ejemplos de virtudes, están pegados los lienzos de diversos sacerdotes.

Bellas joyas de arte pictórico que nos hacen contemplar un desfile interminable de caras pálidas pero con alegría inexplicable, de actitudes devotas y suplicantes, de hombres rodeados de una aureola de santidad, que nos instan a pensar en circunstancias de ultratumba que nos circundan de un aire místico que impresiona profundamente el pensamiento y la reflexión.

Pero antes de que la mente se enrumbe en la contemplación de misterios incomprensibles para la pequeñez de la inteligencia humana, fray Odilón que sabiamente sabe penetrar el espíritu, nos habla de la vida pacífica del Convento, donde se cultiva no sólo la oración y la virtud, sino también la ciencia, el arte, la literatura y todo lo bello. Al pasar un arco donde se vislumbra la antigua puerta de piedra que conduce a la Capilla de la patrona del monasterio, se detiene y llama de nuevo a su prodigiosa fantasía, para relatarnos otra de las tradiciones claustrales, que sucedió hace muchos lustros.

En la marmórea pila céntrica del extenso patio conventual, saltaba el agua cristalina, cayendo convertida en gotas diamantinas por obra de un sol fulgurante y vivificador. Bajo las arcadas silenciosas caminaban dos estudiantes que aspiraban la sagrada vida en no lejano día. Con aire juvenil, conversaban de sus piadosos proyectos y de su vida monástica; pero de vez en cuando dejaban escapar alguna broma que recordaban del mundanal laberinto, que fuera del valladar del Convento, se percibía todavía por su alboroto y sus exclamaciones fugaces. En ese instante, sonó la campana de la portería, y los estudiantes empujados de rara curiosidad, acudieron presurosos a ver quién llamaba.

– ¿Quién será?, dijo el uno consultando a su compañero.

– Pregunta tú, Ventura, insinuó el otro.

– Pero tenemos prohibido acercarnos a la portería replicó el primero.

– Mejor hazlo tú, Antonio; pero pronto, antes de que venga el hermano portero.

– Bueno, ¡ya está! Y diciendo y hacienda abrió la ventanilla y preguntó: ¿Qué deseas?

Y a través de los huequitos de la rejilla, Antonio vio una mujer, cubierta la cabeza y casi toda la cara por una manta negra, dejando visibles una nariz larga y unas barbas ralas y repugnantes que nacían sobre unos labios descoloridos, que se abrieron enseñando los vestigios de una dentadura sucia, dejando escapar una voz vacilante y ronca que en tono de súplica dijo: – ¡Hermanito! ¡Haga el favor de llamar al padre Pantaleón! Antonio hizo una mueca de repulsión, y sin contestar nada cerró la ventanilla y se retiró disgustado.

– Qué fue que cierras así, preguntó Ventura.

– Es una viejita feísima, indicó Antonio.

– Pero puede ser alguna infeliz mujer que desee confesión o algún otro favor de este convento. – Así fuera un caso de muerte que yo no le ¡atiendo!

– Pero Antonio, ¡nunca te oí hablar así!

– Es que la viejita es fea ¡Y con una nariz que se parece a la del Padre Provincial!

– ¡Qué dices Antonio! ¡Estás faltando el respeto que debemos a nuestros superiores!

– ¡No tengas esos recelos Ventura! ¡Alguna vez nos reíamos de todos!

– ¡Antonio! ¡No puedo seguir oyéndote,  me voy!

Pero Ventura se encaminó con presteza a la celda de su confesor, para descargar su conciencia temeroso de haber faltado a la disciplina de la Sagrada Orden, en tanto su compañero se festejaba de su exagerada ingenuidad y aún lanzó una sonora carcajada que no dejó de llamar la atención del austero hermano portero que en ese momento regresaba cumpliendo un encargo de un devoto.

Pero no bien terminó Antonio de reír, notó algo extraño ante sus ojos. Se frotó con insistencia una y otra vez, por si alguna paja se hubiera introducido en los párpados. Mas todo fue inútil, siguió mirando un objeto que no se apartaba por nada. Cerró los ojos, los volvió a abrir; agrandó las órbitas, caminó unos cuantos pasos; pero no consiguió apartarse de lo que veía. El asunto no dejó de inquietarle y su ánimo que poco antes estuvo tan festivo, se tornó meditabundo y contrariado.

Sin embargo, sacudió la cabeza como queriendo desatarse de aquella preocupación, y resolvió conversar este incidente a su condiscípulo Ventura. Cabizbajo, caminó por los claustros con paso lento, subió unas gradas donde había un ancho pedestal de piedra, sobre el que descansaba una imagen de la virgen de La Merced con la faz expresando bondad divina. Antonio levantó la cabeza para rezar; pero lo primero que vio fue la visión fatídica que le perseguía por donde iba.

El estudiante sintió entonces una angustia que no había experimentado nunca, y en un arranque de desesperación, se arrodilló y juntando las manos exclamó con voz dolorida: ¡virgen, sálvame! Después se agachó hasta poner su cara pálida contra la dura piedra y se desahogó en incontenible llanto. En ese momento bajaba Ventura, y al reparar el estado emocional de Antonio, le llamó: – ¡Antonio, Antonio! ¡Qué te pasa! ¡Háblame!

Pero no pudo hacerlo porque el llanto le ahogaba. Con todo, al cabo de unos pocos minutos, Antonio se calmó y pudo hablar:

– Ventura, dijo; ¡yo no sé lo que me pasa!

– ¡A ver, dime qué es! Le inquirió Ventura.

– Casi enseguida de lo que estuvimos juntos en la Portería, se me presentó una ancianita que me llama y que no se me desaparta ni un solo rato…

– ¿La ves este momento? – ¡Si, Antonio! La veo bien claro y me insiste tanto con su llamada, que tengo miedo y me aterroriza, porque parece que va acercándose y me va a estrangular. . . ¡Es terrible. . .! – Bueno, cálmate y caminemos un poco para que me cuentes con más serenidad, continuó Ventura tomando del brazo a su compañero y llevándole a su celda.

– ¡Me siento desfallecer Ventura! ¿Aconséjame qué puedo hacer?

– ¿Rezaste tus oraciones esta mañana?

– Como de costumbre. . .

– ¿Haz cometido algo grave?

– Nada que yo recuerde. . .

– Haz murmurado de. . .

– Sólo lo que te dije cuando le vimos a la señora.

– Pero tienes que haber hecho algo, porque esa señora que ves es una señal divina. ¡Háblame con confianza que te aseguro que de mí no saldrá nada!

– ¿Me prometes, Ventura?

– Sí Antonio.

Pues no recuerdo más que lo siguiente: tú sabes que el Padre Provincial se enfermó hace poco de la nariz, y yo cada vez que le veía, me burlaba a mi antojo en mi interior; pero cuando ahora le vimos a la anciana, hice a nuestro Padre tan mal juicio, que juzgo yo que esa debe ser la causa para el enojo divino.

– ¡Pero Antonio! Haz hecho mal. ¿No sabes tú que el Padre Provincial es un santo?

– Lo sé, pero esa es la verdad.

– ¿Y te has confesado de esto en estos días?

– No.

– ¡Qué me dices, Antonio!

– Te confieso mi culpa y ahora dime qué me aconsejas.

– ¿Sigues viendo a la señora?

– Exactamente, y no deja de llamarme.

– Pues no te queda más remedio que ir donde el Padre Provincial y pedirle perdón y contarle lo que te sucede, sin ocultarle nada.

– Pero a él mismo, no: ¡mejor me confesaré con otro Padre!

– No, Antonio; haz ese sacrificio. Dile todo al Padre Provincial, que él como santo, te podrá aconsejar lo que sea conveniente. Antonio, en la situación aflictiva en que se encontraba, accedió a lo que su condiscípulo le sugirió, y ambos fueron en busca del Provincial. Y la leyenda refiere que el Padre  informado con detalle de lo que había acontecido al estudiante, le infundió ánimo paternalmente, y le dijo:

– “Es una prueba dura que Dios te ha mandado”: pero resígnate hijo mío. – Haz una novena muy devota a nuestra madre santísima, y si al cabo de esa novena la pobre mujer  no ha desaparecido, entonces quiere decir que debes seguirle a donde te llame. La Comunidad y yo te acompañaremos y elevaremos por ti nuestras oraciones. Antonio recibió la bendición del Santo Provincial, y llenando su alma de gran devoción, pidió al cielo durante nueve días, terminados los cuales la señora continuó llamándole.

Al término, el reverendo al preguntarle si seguían las mismas apariciones, éste afirmo que sí, le dijo, no vayas entonces, no hagas caso, es una tentación que tú debes de librar mediante el rezo a nuestra madre santísima. Empezaron a entonar cantos sagrados, pero él, salió corriendo y se detuvo en la fuente, con los ojos llorosos imploraba al cielo, pero no obtenía respuesta, los hermanos llegaron y le vaciaron agua bendita alrededor, el padre repetía:

– Reza con fe y renueva tus votos al Señor, pídele fuerza a nuestra madre, Antonio humildemente continuó rezando, más de repente salió corriendo y se detuvo frente a una puerta de piedra, que desde hacía mucho tiempo había sido clausurada, sin embargo, al detenerse el estudiante, misteriosamente se abrió, él se resistía, pero alguien lo empujaba, mientras gritaba, -tengo miedo, no me dejen, auxilio-, y trataba de zafarse de una fuerza descomunal que seguía empujándolo aunque él se resistía. Los religiosos trataron de jalarlo pero por más que lo intentaban, no lograban moverlo, de repente, se oyó un trueno el seminarista desapareció y la puerta se cerró ante la mirada atónita de todos.

El padre mandó traer picos, barretas, para abrir un boquete en la puerta clausurada, al lograr hacerlo. Los frailes comprobaron entonces que Antonio había desaparecido, y sólo habían quedado sus hábitos en el centro de la capilla. . . Más cuando el hermano trató de tocarlos, percibió un suspiro largo, que delataba una pena profunda, un pesar infinito. . .

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