TRAVESÍA 241/ Si algo ligero/ José Luis Prado

A Óscar y Alejandra, en su largo trayecto al sur

Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 08 de enero (entresemana.mx). Más que novela, Si algo ligero, de José Luis Prado (Puebla, 1981) es un conjunto de diez cuentos con personajes que nos invitan a reflexionar sobre lo que significan en la vida el viaje, la escritura y el encuentro amoroso.

Y Prado, editor de Cultura en El Popular, lo hace no sólo a través de lo que le ocurre a sus personajes, sino también gracias al pensamiento aforístico contenido en el Cuaderno de F. Kocher y en todos los textos de Si algo ligero.

Tierra Adentro propone leerlo como una novela fragmentadao como inter-cuentos, yo propongo también leer a José Luis como un joven maestro del pensamiento breve.

 

El viaje me había dado mi primera lección: la vida caduca.

El espacio, es sabido, adquiere otra dimensión en una despedida.

Uno viaja cuando se encuentra perdido.

La escritura es una marca, la pizca de rechazo a estar en el mundo.

Pero Prado también cuenta historias, tal vez no tan ligeras como podría hacernos creer el título a sus desprevenidos lectores.

Como en Ruled notebook, donde se narra el encuentro de Thomas Klaus con Perla en la ciudad de Puebla en un lugar que parece ser un espejismo:

Mientras camino por un lugar… que se encuentra al cruzar lo que antes fue un río, una especie de Fata Morgana: un jardín con desniveles capaz de aislar los sonidos de la ciudad y la antigua arquitectura de una fábrica que se descubre sólo una vez que te internas en ella, descubro a muchas parejas expresar su cariño de una forma ajena, parece que viven un simulacro de pasiones…

Y también su desencuentro con Wilhelm Seesing al recordarle la guerra.

Son cuentos brevísimos llenos de historias paralelas que van uniendo ciudades tan lejanas, como Xalapa y Canadá, Puebla y Alemania…

Provocando encuentros entrepersonajes como Perla y Xuan, Perla y Thomas, Perla y el narrador que podría llamarse Luis. Personajes que interactúan entre una y otra historia y que pueden ser la causa o el efecto.

En Carta de desaparición, Wilhelm Seesing es el protagonista del abandono de una mujer y su hijo.

“Aún te quiero”. Ése fue el signo que pronunció mi partida, el peso de no soportar un par de líneas equidistantes. Ahí estábamos los dos: un paralelo.

Seesing, militar alemán intenta explicar sus actos: no quería compartir mi muerte contigo, pero lo hice y los dos morimos, y creo que también le dimos muerte al pequeño Thomas.

En Una forma privada de llegar a casa, José Luis nos cuenta la migración de una familia en busca del incierto Sueño americano:

mis padres estaban quietos, atentos a las indicaciones de aquel hombre gordo, de barba y cabellera sucias que por momentos dejaba entrever una mirada despectiva.

Y el narrador, al que su madre le había regalado una libreta roja para consignar los sucesos más importantes de su vida, escribe:

Escribir todas las veces que uno se rompa la nariz’’, me había dicho mi madre.

El espacio se termina y sólo resta decir que el libro está publicado por Tierra Adentro, razón por la cual el precio no será un pretexto, como tampoco su brevedad, para no leer a este joven escritor poblano y sus historias de viajes, encuentros y desencuentros amorosos, cuyos personajes reflexionan sobre el acto de escribir.

Aforismos

La ciudad de Puebla se sostiene por deseos, y éstos, a su vez, son los que poseen a sus habitantes.

Él (mi padre) y mi madre representan la metáfora del viaje, el mito de aquello que se aleja.

El viaje me había dado mi primera lección: la vida caduca.

El viaje ofrece bailar siempre con la música de lo incierto.

El espacio, es sabido, adquiere otra dimensión en una despedida.

somos ciegos, siempre queriendo encontrar la felicidad en el amor -esa cosa perdurable- y chocamos continuamente contra las puertas del rechazo.

Despertar sin ilusiones, sólo percibir la pureza y lo extraño de las calles.

Es difícil mantenerse en posición vertical cuando las olas de la incertidumbre mecen el día.

 

El regreso a (la) infancia… una forma privada de volver a casa.

Uno viaja cuando se encuentra perdido

 

*****

La escritura es una marca, la pizca de rechazo a estar en el mundo.

La ficción es un proceso tan íntimo como los secretos que guarda el viajero en su cuaderno de notas.

No dejaba de escribir en una hoja, como si construyera un imperio en un pedazo de papel.

Escribir enseña a perderse en la geografía, pues uno se adentra en la extraña maleza de la ficción.

La escritura de la geografía es un mapa privado, nos indica con pequeñas marcas cómo navegar y sumergirnos por el pantanoso espacio de la memoria.

La escritura como una forma de persuasión: caminar hacia la gran persuasión.

La escritura de la geografía después nos indica que no todo está olvidado.

La distancia siempre será una hoja en blanco.

 

*****

El paseo se compone de dos vertientes: el sonido del trote solitario y la pendiente que nos lleva al descenso de uno mismo.

No existe la distancia cuando uno se ha extraviado en la ruta.

Caminar siempre como si anduviera sobre un cuaderno pautado: en la segunda línea.

En el paseo las huellas tienen la capacidad de entrecruzamiento y, a veces, las miradas ajenas que se encuentran en el camino son aplastadas hasta llegar a la aniquilación.

 

Si algo ligero (fragmentos)

Carta de desaparición/Alsfeld, Alemania. 06.09.1958

 

ME CONSUMO. Mantener la posición hasta el cansancio de la indiferencia era la consigna, aunque debemos aceptar que hay momentos en los que se pierde el equilibrio, en los que las olas no dejan de moverse: una máquina desajustada que se conduce con fallas en lo cotidiano. Todo cae. La naturaleza ya no emerge en las mañanas de domingo y es difícil mantenerse en posición vertical cuando las olas de la incertidumbre mecen el día.

Uno no se pregunta por qué se debe partir; sin embargo, parte. No podría soportar más el llanto del niño y tus palabras en medio de la noche. No siempre se está dispuesto a soportar la ingravidez de algunas personas. Todo empezó la mañana en que te vi deslizarte en mi mente: un edificio derrocado por una guerra. Tú ahí con la mirada de siempre, todas aquellas mañanas que decía en el silencio de tus palabras: “Aún te quiero”. Ése fue el signo que pronunció mi partida, el peso de no soportar un par de líneas equidistantes. Ahí estábamos los dos: un paralelo. A veces pienso que en el fondo de todo esto hice bien; empecé a decir lo menos sobre nuestra vida, aunque en realidad lo que hacía era afantasmarnos. Aún recuerdo cómo es que llegaste; uno llega así, sin más, quizá para ese momento con las palabras precisas, pero tú con la cualidad de ser imprecisa para mí. Siempre hablando demasiado, siempre con un ruido que tú ya no eras capaz de percibir: el sonido del roce de tu cabello por la noche sobre la almohada. Y para este momento te has de preguntar qué hay del mío, siempre pensando en la guerra, siempre con la culpa por haber sobrevivido; ése es un verdadero ruido, digo, el de la memoria.

 

La vigencia del silencio

 

  1. SE ACARICIA EL CABELLO mientras mira, alrededor, a la gente que despide a sus seres queridos en el andén de autobuses; de reojo observa que su maleta sigue de pie al lado suyo. Sujeta en su mano derecha el boleto que indica su pase de salida: “8:00 p.m. México Tapo”. Él supone que en cuanto A. llegue a su destino, le contará sobre su regreso, o acaso sobre un sueño, si es que éste la vence con el arrullo del motor y las curvas pronunciadas del camino. A. posiblemente pensará en él y viceversa. Antes de las ocho p.m. podemos imaginarlos como una ecuación: el resultado de ser uno solo. El espacio, es sabido, adquiere otra dimensión en una despedida, los objetos se convierten en la memoria ajena y el tiempo se reproduce como si pasara en cámara lenta.

Los dos miran el reloj suponiendo que algo no se ajusta a lo que están viviendo. Ambos buscan en torno suyo aquello que les recuerde al otro, una etiqueta tirada en el suelo, un libro que intercambiar como si en la historia que se cuenta existiera todo lo que piensan decir al otro, pero lo callan; un boleto que coincida con las ciudades a las que cada uno tomará su camino de regreso a casa. P. no le regaló el libro que llevaba en su maleta dispuesto para ella.

Piensan en la palabra justa, una recomendación hasta su próximo encuentro, si es que lo hay; pero ninguno dice algo. De pronto, sienten el sabor agrio de la nada…

Una forma privada de volver a casa

 

Mi madre se enamoró del que llamaré mi padre, así que, como la costumbre lo indica, ella decidió seguirlo y apoyarlo en todo. Mi padre había ido a buscar suerte a una de esas ciudades frías en la punta este de nuestro país vecino. Perseguíamos, sin mapa en la mano, el American way of life. Salimos de la estación de autobuses de la Ciudad de México una noche a eso de las diez. Partimos de la Central del Norte. El frío se acentuaba al ver el ademán de unas manos despidiendo, tímidamente, a la gente en un andén. Yo dejaba atrás el universo que conocía: mi familia, mis pocos amigos de la cuadra y el perro, el cual había sido mi único compañero durante ocasionales caminatas vespertinas al lado del río que corría cerca de la casa en la que crecí. Decidí no despedirme de mis amigos; creía que sería tonto, ya que yo no había elegido partir. Un recuerdo claro que tengo de éste, mi primer viaje, es el sabor de una bola de mascar color rojo que se movía en la parte interior de mi boca, dejando en cada masticada un golpe ácido en mi lengua, y la imagen con un tono sepia de dos ancianos diciéndonos adiós desde un corredor indiferente y ruidoso. Mi abuela hacía un gesto con el brazo mientras una diminuta gota verde deslizaba por aquellas arrugas blancas de su cara.

Si algo ligero

Fondo Editorial Tierra Adentro

México, 2017

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