LEYENDAS DE PUEBLA/ La broma

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 13 de enero (entresemana.mx). Contaban las abuelitas que hace muchos años, en esta nobilísima ciudad de Puebla, se acostumbraba velar los difuntos en las iglesias.

Los deudos acompañaban al velorio hasta las once de la noche y los más valientes hasta las doce, a lo más. Porque, no hay que ignorar que en aquellos tiempos, los aparecidos y los fantasmas, parece que estaban a sus anchas en los rincones de las casas… molestando de diversas maneras a los prójimos que se trasnochaban.

Principalmente, aquellos que vagaban por los alrededores en busca de aventuras gratas para el corazón o que gozaban yendo a casa ajena a tomar el sabroso chocolate con queso y pan de huevo, después de las más sazonadas tertulias.

Pasada la medianoche, quedaban velando el cadáver los coristas o los sacristanes. Los que eran devotos, se entregaban al rezo de largas oraciones por el descanso del alma del fallecido y otros pasaban el tiempo relatando historietas espeluznantes o también haciéndose cualquiera broma.

Siguiendo aquella costumbre, se velaba en el templo de San Miguel Arcángel, el cadáver de un destacado profesor que había muerto de una fuerte epidemia. Durante el día y al comienzo de la noche, los familiares y amigos del difunto, le acompañaron cumplidamente, rememorando sus virtudes y manifestándose mutuamente su pesar; pero al acercarse la media noche, el velorio quedó sin acompañamiento.

Todos se habían ido, a excepción de dos sacristanes que continuaron en vela obligadamente. Eran ellos, dos muchachones traviesos y amigos de las bromas pesadas, sin embargo de lo cual jamás habían roto su amistad. Ambos jóvenes, que se llamaban Sanjuan Illescas y Toribio Fonseca, vivían en la vieja parroquia de San Roque, en una misma casa.

El gusto invencible de Sanjuan, era el pan con queso, que en ese feliz tiempo se llamaba “dos centavos” , porque costaban apenas dos centavos y medio y se lo solicitaba en cualquier tienda con esta llanísima expresión: “mercado de pan, de queso y de dulce”. En cambio para Toribio, no había mejor cosa que el maní tostado.

Quedaron pues, estos dos simpáticos sacristanes cuidando el cadáver, que yacía en una lujosa caja forrada de terciopelo negro y rodeado de enormes cirios, que iban consumiéndose lentamente chisporroteando sus gruesas mechas cada vez que un leve viento penetraba por algún resquicio de los altos ventanales.

Mientras, en las amplias naves del templo, a través de una miedosa semioscuridad, brillaban los áureos relieves de los ricos altares donde se extendía el silencio más completo. Al principio, Sanjuan y Toribio entretuvieron su tiempo relatando historietas de ladrones y de brujas que volaban montadas en una escoba, o también del desentierro de valiosos tesoros escondidos por acaudalados avaros.

Mas, los temas iban agotándose y la noche todavía tenía un gran trecho. Se le ocurrió entonces a Sanjuan, ahuyentar el sueño valiéndose satánicamente de su ingenuo compañero.

-Escúchame Toribio, – le dijo – tengo los párpados pesados como plomo y si no hacemos algo para no dormirnos, el muerto es capaz es de levantarse y ponernos en un emparedado como castigo de nuestro descuido.

– Es verdad, pues también yo siento buenos deseos de tenderme aquí mismo y descansar un buen rato; pero, ¿qué podemos hacer para ahuyentar el  sueño?, contestó Toribio.

– Es muy sencillo. Es cuestión de pocos minutos, nada más.

– ¿Y cómo?

– Pues tengo en el bolsillo unos centavos, y si tú te prestas para ir donde doña Petrona, el asunto quedaría arreglado.

– ¿Dónde la señora que vende cirios para nuestros altares?

– La misma. Comprendo que eres un muchacho de aventura, que nada te arredra, ni te detiene.

– Achica el elogio y vamos al grano. Dime, ¿qué debo hacer  donde doña Petrona?

– Sencillamente, le convences que te abra la puerta de su tienda y le compras dos “dos centavos dobles”, como para que en nuestras panzas no quede espacio para el almuerzo y luego regresas.

– ¿Nada más que eso?

– Sólo eso, mi buen Toribio

– Dame, pues, el dinero, que yo sacaré ingenio de donde no hay, para que la señora abra la puerta.

Toribio se frotó los ojos, tomó la moneda y abandonó el templo, en busca de los famosos panes. Mientras tanto, Sanjuan sin perder un instante, subió sobre la tarima donde descansaba el muerto y con extraordinaria sangre fría, lo levantó,  miró su yerta y amoratada cara; y casi lo suelta de miedo. Sin embargo, recobró su valor, y más influyó en su ánimo el deseo de realizar la diabólica idea que había concebido.

Echó, pues, manos a los vestidos del difunto y en un momento lo desnudó, cambiándoles con los suyos, que asimismo en un abrir y cerrar de ojos, se los quitó.

Luego tomó en sus brazos el cadáver, le hizo sentar en una silla cerca de las escaleras del altar. Poniéndose enseguida las ropas del extinto, ocupó su lugar en la caja mortuoria, y esperó. Al cabo de pocos momentos, Toribio regresó ufano con sus reconfortantes “dos centavos” y ya se acercaba a donde dejó sentado a su compañero, cuando vio que el muerto se levantaba lentamente, y con voz tremebunda exclamó:

– ¿A dónde fuiste, Toribio?

Toribio sintió que una corriente de frío le corría de pies a cabeza y por poco se cae de espanto.

Sin embargo, con indescriptible turbación, respondió en cortadas sílabas:

– No… fui… yo… señor, sino Sanjuan que me mandó a… a… a… comprar los panes…

– ¡Arrodíllate y pídeme con llanto mil veces perdón! – continuó hablando Sanjuan mientras se incorporaba del ataúd, incómodo por la estrecha chaqueta del fallecido.

– ¡Perdón, perdón! Te pido… con lágrimas en mis ojos, clamó Toribio, arrodillándose y depositando en el suelo los panes, y juntando las manos suplicante.´

¡De pronto! se movió también el verdadero muerto, que ocupaba el lugar de Sanjuan.

Incorporándose pesadamente, abrió sus desorbitados ojos y con terrible gesto, dirigió la mirada en su rededor. Luego con potente fuerza, se apoderó de uno de los candelabros de bronce colocados con los cirios cerca del ataúd, y blandiéndolo amenazante, buscó a los intrusos sacristanes para destruirles y matarles.

Mas, Sanjuan apenas vio que el difunto se movía, saltó de la caja mortuoria y con extrema desesperación corrió hacia la puerta, arrastrando en su carrera a Toribio que asimismo no sabía por dónde escapar aturdido por el miedo que jamás había experimentado.

El muerto que por obra providencial había momentáneamente recobrado la vida, le siguió algunos pasos, lanzándoles el candelabro con sobrehumana fuerza, de modo que fue a chocar con espantoso estruendo en el suelo empedrado de la puerta, en el preciso instante en que los sacristanes ganaban la calle pronunciando hirientes gritos de terror y rogando inmediato auxilio.

Al oír los alarmantes gritos de los jóvenes, los vecinos se echaron a la calle y se informaron del tremendo acontecimiento. Los más curiosos, acudieron sin pérdida de tiempo al templo y vieron entonces que el muerto estaba rígido en la caja, como si nada hubiera sucedido; pero sobre el pétreo suelo de la puerta, observaron que el candelabro se había despedazado, dejando una honda huella del fuerte golpe.

A través de los años, la huella va desapareciendo. Sin embargo, todavía se la puede distinguir, si se le busca con santa paciencia.

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