Travesía 243/ Römer Rommel

Serafín Vázquez

Puebla, Puebla, 9 de febrero (entresemana.mx). Yo se lo advertí varias veces. Claro, entre broma y broma, pero ya ve, no me hizo caso. Éramos amigos desde hace un chingo de años. Su mamá trabajaba en un antro de la 11 Norte, uno de esos que ya tenían fama, mala, pero fama. Siempre lo supo, pero no fue hasta que tuvimos 15 años que lo comprobamos. Yo lo acompañé aquella vez. Su mamá se enojó y casi lo mata. Bueno, es un decir, pero sí le pegó bien feo. Pienso que desde entonces le gustaron las viejas, también es un decir, porque ya ve, le gustaba maltratarlas, pero el sexo con ellas lo volvía loco.

Decía que en la vida, sólo el sexo valía la pena, ese instante en que te pierdes en el mundo, ese instante fugaz que era el todo y la nada. Y ahí se le acababa el amor: ¡a chingar a su madre!, entonces las corría.

Creo que esa vez ahí descubrió su habilidad para el baile, para el ritmo. Todas querían bailar con el chamaco. Y ahí también supo el valor del dinero, la necesidad de tenerlo. Sin dinero éramos unos pobres diablos.

Bueno, a mí también me gustaba bailar y las mujeres, pero más el puto dinero. Robar casas, asaltar cabrones que les gusta andar solos por las noches y pelear en banda. Sentirse apoyado por los demás, saber que al fin uno cuenta con alguien incondicional en la vida.

No, no, inhalantes no, ni tampoco la piedra ni la heroína, no. El alcohol sí, también la mariguana, pues uno se hace más valiente, más entrón, como Los Guardianes de la Galaxia, todos hermanos.

El Romer fue mi más grande amigo, mi hermano, mi Bro.

Él siempre me vengó. De más chavos nos gustaba la lucha libre y el box, pero más los enmascarados: El Santo, El Solitario, El Rayo de Jalisco. Nunca pudimos entrenar, ya ve, estábamos bien flacos. Pero qué, nunca nos hicieron nada. La banda fue grande, hasta ahora que nos han ido agarrando. Él se ganó a ley su lugar. Tuvo que madrearse con varios, putearse a muchos. Acá, no le miento, muchos le tenían miedo. No, nadie se atrevía a acusarnos. Nos conocían bien, pero nadie levantaba un dedo contra nosotros.

¿Enamorarme? Sí, por supuesto, si andaba bien clavado. Hasta pensaba dejar todo esto y entrarle a una fabriquita allá por Los Fuertes, donde dicen que Zaragoza le puso en la madre a los americanos de Donald Trump.

¿No eran americanos?

Pero ya ve como son las mujeres de cabronas, y peor tantito si uno las quiere. Luego luego a portarse mal. Si la banda -por mi culpa- por poco se deshace. Tuvo que regresar el Romer violento y enfierrarse a dos que andaban con sus mamadas. Se portó cuate, nunca me dejó en esos momentos. Una vez hasta secuestramos a un músico, de esos de cantina que todavía cantan boleros y tangos, y que nos lo llevamos. El puto viejo, del miedo, hasta cantaba mejor:

 

Sola, fané, descangayada, la vi esta madrugada salir del cabaret… parecía un gallo desplumao…/ ¡y pensar que hace diez años fue mi locura! /¡que llegué hasta la traición por su hermosura… /Que me tuvo de rodillas, sin moral, hecho un mendigo…

 

Fue una de las noches más hermosas con la banda. Todos llorando, abrazándonos. Quería cantar de Los Panchos y cantó Amor de la calle, Perdida. Pero ya después lo obligamos a que cantara de Los Ángeles Azules. La cumbia, la bendita cumbia que hipnotiza tanto como una droga.

Pero el viejo insistía con sus tangos, que Cama vacía, Volver. ¿Se acuerda de ese tango?, putaa recordamos muchas cosas de la infancia, cosas que no tuvimos, que nos hicieron falta, que nunca tendremos porque el tiempo no regresa.

No, a ese no lo matamos. Ni cuenta nos dimos cuando se fue.

Éramos cuates palabra, cualquiera puede atestiguarlo. A la cárcel nunca fuimos. No le digo que nos tenían un chingo de miedo. Pero no es cierto que hayamos hecho tanto. Que crimen y delincuencia organizada… Ora que hasta un asalto a un pinche banco, que cinco millones… Si ya nadie los asalta.

Mi hermana no lo despreció, no. Ella quería otra vida, otra cosa. Si hasta estudiaba.

¿En la universidad? No, claro que no, quería ser asistente ejecutiva.

Éramos amigos. Ella también lo quería tanto como yo. Sí, como un hermano. Siempre quiso darnos consejos: Que si los Centros de Integración Juvenil, que si becas para los que no estudian, que si la chingada…

La calle era una cosa, mi hermana, otra. Era ingenua, noble, ora nomás anda de cabrona, drogándose, y yo quería mucho a mi hermana. Podemos ser todo que usted quiera, pero a la familia la queremos. A no ser que de verdad, tengamos, como dicen por ahí,  poca madre.

Yo se lo advertí, a mi hermana déjala en paz. Ella sueña otra vida, no te quiere. Pero no me hizo caso, por eso lo maté.

¿Romer neonazi?, ¿admirador de Rommel?, no, para nada.

Ustedes los periodistasno sé de dónde inventan cada cosa.

Le decíamos el Romer por ser de la Romero Vargas.

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