LEYENDAS DE PUEBLA/ Amor de padre

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 17 de marzo (entresemana.mx). Mientras la lluvia caía, los pequeños miraban por la ventana, como corrían los ríos de agua a través de las calles del centro, de ese pequeño lugar que pocas horas antes se había convertido en su más grande lugar de juegos, pero por los cambios del clima tuvieron que refugiarse en su casa, pero al estar viendo la acera desde el tercer piso, se dieron cuenta que una mujer vestida muy raramente para ellos, caminaba bajo la tormenta.

Primero sintieron el deseo de ir con sus padres para que les explicaran el por qué la señora transitaba como si el clima fuera estupendo, pero contuvieron su deseo y callaron, sólo viendo esa escena que recordarían años después.

Pasaron los años, y cada vez que había cambio de clima, veían a esa mujer, ¿pero por qué sólo en ese tiempo?, no lo entendían, fueron creciendo, algunos cambiaron de residencia y solamente quedaron Ismael Sigüenza y su hermana Carlota, tendrían ya en esa época aproximadamente veinte años, por lo que esta vez al ver dicha escena, le preguntaron a su padre por qué ocurría, y todos los días a la misma hora mientras estaba el temporal.

A lo que su padre les contestó, -voy a contarles una historia, que ahora sí podrán comprender o por lo menos no se asustarán tanto, que cuando estaban niños, hace mucho tiempo, en la plazuela que está cerca de la casa, la pequeña, la que está entre la iglesia de La Compañía y la universidad, se veían a menudo dos jóvenes como de su edad, Teresa de Alvízar y Apolonio Valdez, los dos eran un poco alocados para su tiempo, pero muy queridos por sus familiares, pero no así para el padre de ella, don Epigmenio Alvízar Serralde, que quería para su hija un mejor partido, pues el pobre muchacho se dedicaba al oficio de herrero, y claro que ella siendo de la llamada clase alta, no le era permitido hablar con gente que no fuera de su mismo estrato social.

Pero desde que eran pequeños, habían tenido una gran amistad, pues en varias ocasiones fueron a jugar al taller del padre de Apolonio, y así fue naciendo ese bello afecto, los domingos les encantaba ir al pequeño parque que se encontraba en ese tiempo, aun con árboles, no eran muchos, pero les gustaba subirse a ellos, incluso había un manzano, el cual esperaban que tuviera sus frutos, pues él se subía a bajar unos cuántos para ella, aunque estuvieran verdes, nada más los mordían y los tiraba, así eran los niños, y aun ahora lo hacen.

Pues como les decía, esa amistad era muy grande, conforme crecieron fueron dándose cuenta de que les unía más que la amistad, empezaron a sentir un cariño, que sería un gran amor, a través del tiempo-.

“Hola Carlota, pensé que no ibas a venir, que tu papá no te iba a dejar, ya sabes que no me quiere, ya pensaba irme al ver que no llegabas”,  -querido Apolonio, déjame decirte que aunque mi padre se oponga, yo no dejaré de verte ni de quererte, sólo contigo soy feliz, no puedo aspirar a que otra persona esté conmigo, tú me haces sentir lo feliz que es la vida, contigo se me pasan las horas aunque me siento triste cuando vuelvo a la casa, porque dejo de verte, pero pienso que al otro día puedo verte y eso me tranquiliza.

Y déjame decirte que si hace mucho sol, llueva, truene o caiga granizo, yo siempre estaré aquí, en nuestra plazuela, para pasear, mirar los bellos árboles, y sobre todo para estar contigo-, “gracias, te lo agradezco y ya que lo dices, déjame confesarte, que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase”.

-Quiero que sepas, que siempre estaré esperando a que llegues Apolonio, si algún día no acudieras, aun así, estaré aquí, porque sé que tal vez, no pudiste salir, pero, todos los días estaré aquí, estés o no, hasta la hora en que nos despedimos-.

-Después de esto, se tomaron de la mano y caminaron por la pequeña plazuela, pero lo hacían tan despacio, como para pasar el mayor tiempo posible, luego se sentaban y platicaban de las grandes cosas que pasaban, cuando llegó el tiempo se despidieron y cada quien se fue para su casa.

Pasado un tiempo después de ese día, el joven estaba muy contento esperándola, cuando llegó, no espero mucho, -Carlota, no he querido dejar pasar más tiempo, sé que no es conveniente tal vez para nuestras familias, o tal vez sí, no lo sé, lo que te voy a decir, es desde lo más profundo de mi corazón, sabes que te quiero mucho, pero siento que ese cariño ya es más fuerte y quiero estar siempre contigo-.

-Le pidió que fuera su novia y ella con gusto aceptó, ya no eran sólo amigos, sino unos enamorados que la gente que los veía, podían mirar a través de sus ojos, todo el amor que se tenían, pero como siempre nunca falta el deseo de la venganza, la envidia y todo lo malo que se les puede desear, por lo que Miguel Trientes, un rico acaudalado, que los veía muy seguido, se había enamorado de ella y como sabía de antemano que no podía aspirar a su mano, fue a contarle la aventura de Carlota a su padre, antes de que la jovencita se lo dijera.

Por lo que don Epigmenio montó en cólera, y en cuanto llegó su hija, le reclamó su forma de proceder, que no era conveniente lo que estaba haciendo, tenía que olvidarse del muchacho por completo o tomaría medidas severas por su conducta, por lo que ella le dijo: -te amo padre y no puedo creer, que quieras destruir mi vida con ese tipo de acciones y sobre todo porque no has esperado a que yo te contara lo que pienso y a quien deseo compartir mi vida con él.

Hice una promesa y ante Dios que todo lo ve, y sabe, vuelvo a decir que sea como sea, siempre estaré con él, pues es el hombre que quiero para esposo y nada me impedirá que así lo sea, y si tú te opones a mi felicidad, que sea a ti quien te juzgue no a mí-, “dicho esto, se fue a su recámara y se puso a llorar, estaba muy dolida, al otro día cuando se levantó, notó que no podía salir, pues su padre la había encerrada con llave, en lo que tomaba la mejor decisión.

Su nana, una mujer humilde también, Soledad se llamaba, le decía que se calmara, entonces Carlota le pidió de favor que fuera a la plazuela y le contara a Apolonio, lo que había pasado, pero que ella vería la forma en como saldría para verlo.

La mujer que amaba a ambos chicos fue hacia el muchacho y le contó lo que había pasado y el recado de su amada, -gracias, le contestó él, y sabiendo que llegaría, se quedó como lo había prometido, ese día no llegó, pero al día siguiente, el muchacho se encontró con una sorpresa, pues como pudo Carlota había abierto la puerta, fue con su nana y le tomó unas de sus prendas, con lo cual se disfrazó y salió por la puerta de servicio sin que lo notara su padre, de esta forma pudo llegar ante el joven mancebo.

Vestida así, no la reconocieron y eso aprovecharon ellos, así pasaron unos días, pero el padre ya había tomado la decisión de encerrarla como religiosa, por lo que le dijo que prepara sus cosas, pues se iría al convento de las madres agustinas, a lo que ella le contestó.

-Te obedezco padre, por mi condición de hija, pero como te dije, no habrá nadie que me separe de Apolonio, es el amor de mi vida y así será, quieras o no, cumpliré con tu cometido por ser mi padre y porque a pesar de todo te amo, pues me diste la vida, pero de lo demás, no puedes mandar en mi corazón-.

De esta forma se hizo novicia, el primer día igual, no pudo salir, pero después, de que se había dado cuenta en donde estaba la puerta de servicio, como entraban y salían, se vestía incluso con ropa de hombre sobre la suya, para salir desapercibida, cuando se disfrazaba de esta forma, apenas salía, escondía al lado la ropa y se dejaba la de ella, y así todos los días que pudo se veía con Apolonio.

Pasó un año, luego dos, y estaba por tomar los votos simples que le llaman en las ordenes religiosas, pero no podía seguir, como era de esperarse, salió disfrazada, estaba una lluvia torrencial y tenía que pasar precisamente por nuestra calle, pues es la que conduce a la plazuela, por eso ustedes la ven en esos días; como decía, se encaminó, pero nunca pensó, que llegando con el amor de su vida, los encontraría su padre, acto seguido se lió a golpes con el muchacho dejándolo herido, y a su hija, le recriminó y la condujo de nuevo al convento.

Por su desobediencia fue encerrada con llave durante una semana, misma en la que Apolonio  se recuperó, y fue hasta la plazuela, a pesar de todo ella tomaría los votos ese día según estaba preparado por las religiosas, pero así como estaba vestida de religiosa se salió y bajo el torrencial llegó al lugar, y poniéndose de acuerdo, fueron con el padre de La Compañía y le explicaron que su amor era lo único que importaba y querían que los uniera en matrimonio.

El sacerdote no daba crédito a lo que escuchó, pues Carlota llevaba el hábito, a lo que ella contestó que no había tenido tiempo de ponerse otra ropa que así los casara, para eso ya le habían avisado a su padre, y este andaba buscándola, hasta que pensó que estaría en la plazuela, pero al no verla, decidió entrar a la iglesia mientras pasaba el agua, cuando se dio cuenta de la boda y al escuchar que pronunciaba los votos de esposa, se percató que era su hija y además de que estaba vestida de religiosa.

Pero ya nada podía hacer, pues entre la impresión y demás les había dado la bendición el cura, por lo que sacó su daga y apuñaló al joven, el cual cayó muerto a los pies de su hija,

Don Epigmenio la llevó a su casa, pero a partir de esa fecha todos los días salía disfrazada para el lugar donde se encontraba con su amado. Hasta que un día no pudo más y se quedó ahí, muriendo por el frío, pues estaba empapada y se quedó toda la noche sin cubrirse, muy contrito su padre la enterró.

Pero cuenta la historia que todos los días, llegan al lugar los dos jóvenes, unas veces disfrazada, otras como una mujer bella que era, y otras como religiosa, pero cuando más se nota es cuando hay torrencial, por eso pocos conocen que esa plazuela es llamada de “La monja novia”.

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