Leyendas de Puebla/ El estudiante de Medicina

Emma López Juárez

Puebla de los Ángeles, 14 de abril (entresemana.mx). Cuenta la historia que en el panteón Francés de esta bella Puebla, se tejen innumerables leyendas que por su propia naturaleza a veces son increíbles de aceptar. En el periodo de septiembre a  noviembre suelen ocurrir con mayor frecuencia los efectos o apariciones que mucha de la gente lo sabe, pero lo toma ya como algo cotidiano.

Tobías Martínez, estudiante de medicina era de los clásicos jóvenes fanfarrones, que podían todo, que apostaba constantemente por cualquier cosa, cuando no arriesgaba su chaqueta, su reloj, sus lapiceros, playeras, en fin todo lo que podía con sus compañeros de la Facultad. Estamos hablando de los años de 1980, muy actual. Pero para este tipo de fenómenos no hay edad ni tiempo.

Pues bien, estos jóvenes que estudiaban la forma de curar a las personas estaban de internos por sus prácticas en una clínica particular, que por cierto ya cerró pero se encontraba cerca del Teatro Principal.

Tobías llegó al extremo de sus propias apuestas cotidianas y dijo: se necesita algo más, algo que tenga adrenalina, esto ya es de niños, así que a la siguiente semana, volviendo  a reunirse, empezaron a tomar algunas cervezas, ya que no había nada que hacer, no había pacientes en la clínica y por consiguiente tenían la noche entera para sus farras, y ya estando bajo las influjos del alcohol se entusiasmó y valientemente les dijo que era muy hombre, de temple de acero, que nada ni nadie podía quebrantar su hombría.

Así que les hizo la apuesta que se saltaría el muro del Panteón, caminaría hasta el fondo del mismo y en el último árbol del lado izquierdo que se encontrara en la esquina del mismo, clavaría un clavo que tenía cerca y para que no dudaran, prefirió mejor fuera un pequeño cincel, en el cual le hicieron varias muescas como testigos de que era el mismo cincel que se encontrara al otro día.

Sus compañeros quisieron acompañarlo para cerciorarse de que realmente entrara, él dijo que lo haría a las diez de la noche, cuando supuestamente por las órdenes celestiales, inicia el toque de ánimas, es decir a esa hora, pueden empezar a salir de sus sepulcros los que ahí reposan. Y sin decir más salieron todos.

Llevaban un martillo y el pequeño cincel entre las ropas, para que nadie sospechara, esperaron a que no pasara algún carro y ayudados por los árboles que se encuentran en la acera, rápido ayudaron a Tobías a saltarse la barda, incluso escucharon todavía como cayó.

Inmediatamente el valiente joven se trasladó hacia el fondo del panteón, iba temeroso al principio ya que nadie lo notaba en ese momento, pero se dijo, “ahora se me quita, y todo por hablador, pero no es nada, ahorita llegamos, clavo el cincel y si se escucha, en lo que llega el velador, ya me salté la barda de nuevo, y mañana les cobraré la apuesta a estos incrédulos”.

En esto iba cuando de repente empezó a escuchar unas voces que decían “mamá, mami, mamita”, pero pensando que eran sus compañeros que querían hacerlo desistir de su aventura, no hizo caso, pero conforme se iba acercando al fondo del camposanto se hizo más audible la vocecita, en ese momento volteó a su izquierda y ahí estaba sobre una lápida sentado un niño como de un año y medio, llorando, como si estuviera sentado sobre una mesa, al ver esto se le enchinó la piel, los ojos se le salían de sus órbitas, puesto que era algo que nunca había tenido ni la más remota idea de contemplarlo.

Por lo que apresuró su paso y llegando al fondo empezó a clavar el cincel, lo hacía con las manos temblorosas y sudaba frío, frío, pero aun así se impuso y logró su cometido, en eso estaba, cuando escuchó una voz suave que le dijo:  “Qué haces, estás jugando con los árboles, no me invitas, si no me  dejas le voy a decir a mi mamá”, Tobías volteó para ver quién le hablaba, pero era el mismo niño pero ahora hablando tan fluido como si tuviera diez años.

La sorpresa le impidió articular palabra, el niño entonces alzó una mano, pero al momento que la levantaba se tornaba grande como una persona de treinta años y se le caía la piel dejando al descubierto sus huesos, le alcanzó el cuello y no dejaba que se moviera, una por el susto, y otra por la fuerza descomunal con la que sentía que lo estaba  apretando ese niño, trató de correr, de gritar, de tratar de zafarse pero no pudo, ni siquiera murmurar una palabra, y por más que trató, acabó desmayándose, sintió que se había muerto.

Así pasaron los minutos, la hora y cuando ya se iban a cumplir las dos horas, sus compañeros al ver que no salía, y pensando que lo hubiera detenido el velador, saltaron también por el otro lado del panteón, rodearon todo el cementerio hasta que encontraron la parte por donde supuestamente tenía que salir Tobías, pues bien, al entrar saltando la barda, no se veía nada.

Apenas si habían avanzado unos cinco pasos, cuando encontraron al joven estudiante, colgado del cinturón sobre el clavo, que estaba a un metro y medio aproximadamente, sin camisa y ensangrentado, con grandes moretones en las muñecas y en el cuello, como pudieron lo reanimaron, pero al volver en sí,  gritaba que le quitaran al niño, que ya no quería jugar, gritaba y gritaba, perdió sus facultades mentales y al poco tiempo murió.

Muchas personas  afirman que han visto ver salir del panteón a un niño y un joven saltando y jugando en las lápidas.

Compartir articulo

    Check Also

    Trazan Sader y productores de miel líneas de acción para fortalecer el sector apícola

    >> Refrendan compromiso de trabajo unido para increm​entar la producción de miel. Ciudad de México, …